Dependencia emocional: sin ti (no soy nada) lo soy todo

Por Silvia Lama Raposo
Publicado 12 de enero de 2017

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El otro día os mencionamos ese ‘yo ideal’, un arquetipo o idealización de nosotros mismos al que las personas damos vida en nuestra cabeza y corazón.

Ese ideal es la suma de todas esas cosas que pensamos que «deberíamos ser y no somos»: características personales o físicas que se supone que deberíamos desarrollar, junto con las cosas que consideramos que deberíamos saber hacer.

¿Quién no ha deseado alguna vez ser algo que no es? ¿Quién no ha sufrido para ser aquello que anhela?

La persona más querida, el cuerpo perfecto que la sociedad te pide, la número uno en el trabajo, el que mejor notas saca, el hijo exitoso que quieren tus padres, la madre que no se equivoca y que es capaz de hacerlo absolutamente todo bien… Todos esos «tengo que» o «debería que», todas esas expectativas que se esperan de ti, te bombardean constantemente haciéndote creer que no eres suficiente.

Los orígenes son diversos, y se manifiestan de forma explícita o implícita: relaciones familiares basadas en la crítica y la exigencia, la falta de reconocimiento o de cariño, acontecimientos traumáticos, pérdidas de personas significativas, etc. Incluso la propia sociedad nos dice en cada anuncio que nuestra vida no es lo suficientemente buena.

Todo ello nos hace sentir pequeñitos. Tanto es así que acabamos viendo más defectos que virtudes en nuestra persona, y valoramos a todos los demás por encima de nosotros. Nos disfrazamos de lo que (pensamos que) el resto de personas quiere de nosotros.

Así es como aprendemos a no decir ‘no’. Por miedo a ser rechazados o no aceptados, por miedo a que no nos quieran, o lo que es peor, a que nos dejen de querer o se vayan de nuestro lado. Sin querer abrimos la puerta de la dependencia emocional, acaba importando más la imagen que tienen los demás de ti, que lo que piensas tú de ti mismo.

Poco a poco la falta de autoestima se convierte en dependencia emocional y necesidad de los demás, entre otras. Y nos seguimos haciendo pequeñitos. Tan pequeñitos que empezamos a pensar que somos hormigas que se pueden pisar. Comienza la ansiedad, las situaciones que nos dañan y seguimos permitiendo, las discusiones, la tristeza y la soledad. Pero aún así, tratamos de no hacer ruido. Para no molestar. Para que nos quieran.

Es como si fuéramos una vulgar caja de cartón a la que es necesario envolver en papel de regalo, para que alguien la compre. Una caja que pierde interés cuando retiras el envoltorio. Una caja vacía.

¿Pero sabéis lo bueno de sentirse vacío? Que sólo queda llenarlo.

Una caja vacía siempre se puede llenar.

Se le pueden dar múltiples funciones. Podemos desarmarla y volverla a construir.

Esa caja, nunca estuvo vacía. Sólo que ella no lo sabía.


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