Culpa: desmontar lo que nos contaron sobre ella

Compártenos en tus redes:

Si analizamos los obstáculos que encontramos en nuestra lucha incansable por conseguir la felicidad nos toparemos en seguida con la culpa. Esta no es un obstáculo que haya aparecido de repente, sino que forma parte de la especie humana desde nuestros primeros años de vida. De hecho, ¿no es sorprendente ver cómo niños muy pequeños perciben que han hecho algo mal y comienzan a poner en marcha conductas destinadas a la reparación con sus hermanos o padres?

La culpa es una emoción que, aunque no forma parte del grupo de emociones básicas como la alegría, el miedo o la ira, comparte con estas su finalidad adaptativa. El no ser capaz de tolerarla puede generar dos mecanismos de adaptación diferentes e, incluso, opuestos y que pueden coexistir. Por un lado, podemos sentirnos culpables constantemente al cargar, por ejemplo, con culpas que no nos corresponden o culparnos una y otra vez por errores que forman parte del pasado.

Descubre cómo la terapia puede ayudarte a mejorar tu bienestar emocional

Saber más

Por otro lado, podemos dirigirnos al otro extremo y no asumir nuestra parte de responsabilidad en situaciones en las que hemos hecho daño a otra persona. Ambas formas de relacionarnos con la culpa generan altos niveles de sufrimiento. Ya sabes que en el mundo de las emociones los extremos suelen acarrear consecuencias negativas.

Una compañera de viaje

Para que la culpa tenga una función sana es importante que sea proporcionada a las situaciones que la generan. Cuando, por el contrario, acostumbramos sentir culpa de forma generalizada o durante largos periodos de tiempo, esta dejará de ser sana para convertirse en una culpa improductiva. Este tipo de culpa se caracteriza por su falta de funcionalidad y por los altos niveles de sufrimiento que genera.

Luchar de forma constante o, por el contrario, resignarse ante la culpa improductiva es una tarea que requiere altas dosis de energía y provoca la sensación de estar atrapados, paralizados y bloqueados. También es posible que hayamos aprendido paradójicamente a poner en marcha un repertorio de conductas poco beneficiosas para “no sentirla”. Un ejemplo claro podría ser cuando somos extremadamente complacientes para, de esta manera, garantizarnos que por un tiempo la culpa nos dejará descansar.

Cuando esto ocurre, es posible que hayamos depositado una parte importante de nuestra valía personal en lo capaces o incapaces que somos para complacer a los demás y nos olvidemos de ser asertivos y de establecer límites en nuestras relaciones interpersonales. Pensamos que, como nos hemos equivocado, necesitamos ser “castigados”, no nos merecemos estar bien o tenemos que “compensar” nuestros errores siendo injustos con nosotros mismos.

Normalmente, como ocurre con la mayoría de los sentimientos y emociones, solemos comenzar a saber de su existencia en nuestros primeros años de vida. Anabel González, una psiquiatra experta en regulación emocional, señala que si hemos crecido en familias en las que los adultos no estaban acostumbrados a asumir su responsabilidad y no solían aceptar que habían cometido errores, esa culpa empezará a flotar en el ambiente y será el niño el que la asuma, ya que de por sí nuestra tendencia en edades muy tempranas es relacionar lo que ocurre con algo que hemos hecho nosotros. Puede que esos niños y niñas, en la edad adulta, tiendan a asumir la culpa que los demás no reconocen y comience de esta manera su tóxica relación con la culpa improductiva.

No obstante, es posible que otras circunstancias condicionen cómo nos conectamos con la sensación de este tipo de culpa en la edad adulta, independientemente de cómo haya sido nuestra historia vincular o el entorno familiar en el que nos desarrollamos. Por ejemplo, si tenemos una tendencia más insegura o nuestras circunstancias nos dejan sin demasiados recursos emocionales en un momento puntual de nuestra vida, es posible que, ante una persona más contundente, autoritaria, crítica o perfeccionista, tendamos a cuestionarnos más a nosotros mismos y aparezca con más frecuencia la culpa.

Probablemente llegados a este punto os preguntaréis: si la culpa improductiva es algo negativo que genera sufrimiento, ¿qué función tiene la culpa cuando la consideramos una emoción adaptativa?

La cuestión es que no es negativo que aparezcan niveles tolerables de culpa como resultado de un error que hemos cometido, ya que será esta culpa sana la que nos proyectará hacia el cambio. Por ejemplo, imaginemos que hemos actuado de forma indebida a la hora de resolver un conflicto. Si no sintiésemos ningún nivel de culpa cuando alguien nos hace llegar de forma respetuosa que está dolido, nos daría igual, no podríamos proyectarnos hacia el cambio y cometeríamos una y otra vez los mismos errores.

Evitar la culpa desde la irresponsabilidad

Al igual que es posible que tengamos la tendencia a culparnos constantemente y a asumir culpas que no nos corresponden, también existe la posibilidad de que no asumamos la responsabilidad de nuestros actos y problemas. Muchas veces, utilizamos discursos internos que nos ayudan a no asumir parte de nuestra responsabilidad en forma de múltiples excusas y que, de tanto repetirlas, llegan a convertirse en verdades universales: “Yo soy así, no soy capaz de cambiar”, “ya lo he intentado todo, no tengo fuerzas para cambiar”, “en estas circunstancias no me puedo permitir cambiar” o “quien me quiera me tiene que querer como soy”.

Lejos de movilizarnos, estos discursos nos atrapan, nos dejan indefensos y sin posibilidad de empezar a generar nuevos recursos. Es cierto que hay situaciones y circunstancias delicadas que nos dejan sin energías y solo posicionarse en el punto de partida para el cambio supone muchísimo esfuerzo. No obstante, sí que podemos comenzar a asumir que es nuestra responsabilidad decidir dónde ponemos las energías que tenemos.

Por ello, es importante que dediquemos unas líneas a enmarcar la culpa y la responsabilidad. Imaginémonos que solemos tener problemas de autocontrol y explosiones de rabia de forma frecuente. Cuando nos disculpamos -si es que lo hacemos- les decimos a los demás que no tenemos la culpa, nunca mejor dicho, de subir de 0 a 100 en nuestro termómetro emocional, volvemos a echar mano de aquellas verdades universales y zanjamos la conversación con un “no puedo cambiar”. Es posible que estas reacciones resulten difíciles de controlar, pero nuestra parte de responsabilidad estaría en intentar trabajar estas reacciones para evitar nuestro propio sufrimiento y el de la gente de nuestro alrededor. Esto no significa que tengamos que poner en marcha un discurso interno de autocrítica y tortura para solucionarlo; de hecho, lo empeoraría al elevar nuestros niveles de angustia y de tristeza. Nuestra responsabilidad está en hacernos cargo de las consecuencias o problemas que hayamos podido generar y proyectarnos hacia el cambio para ponerle remedio. Por lo tanto, la responsabilidad a niveles saludables está relacionada con la culpa sana y el no asumir las consecuencias que nuestros actos generan en los demás estaría relacionado con una culpa improductiva que se camufla bajo la superficie.

Como comentamos al inicio, esta forma de relacionarse con la culpa estaría en el extremo opuesto a donde está quien la identifica como su compañera de viaje. Sin embargo, resulta evidente que ambos extremos tienen algo en común: la existencia de una culpa que es difícil o imposible de tolerar.

Sí, como lo lees: es posible que muchas de las personas que parecen llevar un impermeable ante la culpa y ponen toda la responsabilidad en los actos de los demás también tengan una culpa en su interior. Una culpa de la que, en algún momento, tuvieron que desconectarse y proyectar en los demás como una forma de “no sentir”. Nadie les enseñó que para que la culpa no se convierta en improductiva es importante asumir nuestra responsabilidad y así poder modificarla y tolerarla.

De hecho, los momentos de reparación ante los conflictos son una oportunidad para  percibir que las emociones, sentimientos o sensaciones desagradables -como la culpa- pueden ser tolerados y transformados nuevamente en conexión y sintonía.

Dos aliados de la culpa improductiva

A veces pueden ser varias las emociones que se mezclen y acompañen de forma natural a la culpa cuando esta se manifiesta. No ocurre siempre de la misma manera: dependerá, entre otras cosas, de los recursos que tenga cada persona para regular sus emociones, de su historia de vida y del contexto en el que se encuentre.

No obstante, una de las emociones que los psicólogos más solemos identificar junto a la culpa es la vergüenza. Esta también suele emerger cuando percibimos que hemos hecho algo inadecuado, pero, además, lo hace ante aquellas situaciones en las que nos sentimos expuestos a la aprobación de los demás.

Del mismo modo, si nunca sintiésemos vergüenza, probablemente no seríamos conscientes ni tendríamos en cuenta la repercusión que pueden tener nuestras conductas en los demás. Por lo tanto, es frecuente y natural que, cuando nos permitimos compartir con alguien las creencias o vivencias que sustentan nuestro sentimiento de culpa, conectemos al mismo tiempo con la vergüenza de sentirnos expuestos a la aprobación de quien nos escucha. En otras ocasiones, el sentimiento de culpa o vergüenza prolongado en el  tiempo ejercerá de antesala para otras emociones, como la tristeza o la rabia.

Por otra parte, la relación que se puede establecer entre la culpa y los acontecimientos del pasado que la generaron puede ser muy incapacitante para quien la sufre. Cuando la culpa se queda bloqueada o congelada por cosas que hicimos o vivimos en el pasado, revivimos una y otra vez nuestras heridas y no podemos avanzar. Esto no quiere decir que mirar al pasado y sentir culpa o haberla sentido sea algo negativo. La clave está, una vez más, en su funcionalidad. En este caso, la culpa sana que podemos sentir al mirar determinados acontecimientos de nuestra vida es aquella que nos ayuda a aprender de lo sucedido, de nuestras experiencias, de los errores como parte natural de la vida y que pone el foco en generar cambios y mejorar nuestro futuro.

No obstante, cuando aparece la culpa improductiva, alimentada por los fantasmas del pasado, es importante que podamos aplacarla desde una perspectiva más compasiva y empática, de la misma manera que trataríamos de aliviarla en alguien que queremos cuando se lamenta y se culpa una y otra vez con frases del tipo de: “De haberlo sabido, habría actuado de forma diferente” o “me lo tengo merecido, cometí el error de mi vida”.

Es importante que, en primer lugar, a pesar de ser la tarea más compleja, conectemos con su/nuestra culpa y podamos sostenerla y validarla. De poco sirve que les/nos digamos que no deberíamos sentir culpa y que la culpa no sirve para nada porque percibirán o percibiremos que no estamos entendiendo lo que les/nos pasa.

Una vez validada la culpa improductiva, podremos aprender a tolerarla. Podremos hablar con ella y con la sensación que nos genera en el cuerpo y decirles que entendemos, como conocedores de nuestra historia y de nuestro mundo emocional, que estén con nosotros. Sin embargo, al mismo tiempo, le decimos que tal vez se les ha olvidado tener en cuenta a la hora de reconstruir los hechos, por ejemplo, la edad que teníamos, las opciones disponibles en aquel momento, los conocimientos que teníamos derivados de nuestra edad o nuestra situación emocional.

Es posible que ahora tengamos más herramientas, más recursos de los que en aquel momento disponíamos y unas circunstancias diferentes. Les diremos entonces a esa culpa y esas sensaciones, que hicimos lo que hicimos con los recursos y las circunstancias que teníamos en ese momento, siendo plenamente conscientes de nuestras palabras.

Teniendo en cuenta todo esto, siempre es importante que recorras el camino -acompañado por un psicólogo en caso de ser necesario- de reconciliarte con la culpa improductiva y generar una culpa sana. De esta manera, ya no será una culpa injusta, sino la resultante de asumir nuestros errores y podremos mejorarlos de forma compasiva y realista. Es difícil, pero merece la pena luchar por hacerlo posible.  Asumir nuestra responsabilidad nos da un poder muy valioso: tomar las riendas de nuestra vida.

Descubre cómo la terapia puede ayudarte a mejorar tu bienestar emocional

Saber más


Si te encuentras en peligro o en una situación de emergencia, no recurras a esta web.

Llama al 112 para ayuda inmediata.