Cuando ser madre se come todo lo demás

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Convertirse en madre (y padre) cambia radicalmente la vida. No es algo que suceda de un día para otro, ya que el embarazo permite ir anticipando de manera progresiva los cambios que se van a producir. Aún así, por mucho que anticipemos, una vez que el bebé aterriza en casa ya no te lo pueden contar: tienes que vivirlo tú para darte verdadera cuenta de todo lo que ha cambiado.

Esto hace que la madre, por ejemplo, al pasar tantas horas junto al bebé y tener que focalizar su energía solo en él, acabe pensando que ha dejado de ser una persona compleja y con diferentes facetas para ser, única y exclusivamente, una madre. Por si esto fuera poco, la inexperiencia lleva aparejada la sensación no ya de ser solo una madre y nada más que una madre sino, además, el ser una mala madre.

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Sin embargo, nuestra identidad está formada por muchos componentes. Es evidente que no todos tienen el mismo peso (no todos dicen la misma cantidad y calidad de cosas sobre la persona que somos) pero hay que tener cuidado con aquellos componentes que entran en nuestra identidad como un elefante en una cacharrería y que, de alguna manera, luchan por suplantar y enmascarar al resto de componentes. Por ejemplo: de repente me despiden, de repente me diagnostican una enfermedad, de repente… ¡soy madre!

La identidad cambia, sí, pero tú no desapareces. Integrar nuestra nueva identidad como padres se convierte en todo un reto de autoconocimiento: quién soy yo ahora, a partir del nacimiento de mi (primer) hijo, y qué cosas he dejado de ser.

Asume que la vida ha cambiado con la llegada de tu bebé (tus hábitos, tu identidad, tu cuerpo, la relación de pareja si existe) pero que a la vez sigues siendo tú. ¿Recuerdas que antes de que naciera tu hijo eras muchas cosas aparte de ser una “mujer que no tiene hijos”?, pues es fundamental que sepas que, por muy importante que tu hijo y tu nueva característica de “madre” sean para ti, eres muchas más cosas además de eso: sigues siendo muchas más cosas además de ser una “mujer que ahora tiene un hijo”.

No todos los hijos son deseados, no todos llegan en el mejor momento, no todas las crianzas son fáciles. Cuando un hijo llega pone nuestra vida patas arriba y de repente todo pasa a ser secundario, incluso dolorosamente secundario, hasta generarte la sensación de que toda tu vida ha quedado completamente difuminada a excepción de lo que se refiere a ese niño. Sin embargo, convertirte en madre (o padre) no hace que tus proyectos desaparezcan: aunque ahora no sean la prioridad eso no siempre va a ser así. No los pierdas de vista, resérvalos para cuando las urgencias de la maternidad bajen el ritmo y permítete retomarlos cuando veas el momento. Sin prisa pero sin pausa: ser madre no anula tus otras ocupaciones ni actividades y dentro de muy poco tiempo tu hijo va a dejar de necesitarte las 24 horas del día.

Además, estaría bien que pusieras tu atención, en la medida de tus posibilidades, en las alegrías y satisfacciones de la maternidad, aunque sean pequeñas, sobre todo si el proceso se te está haciendo muy cuesta arriba. Aunque cueste, ponle alegría, encuéntrasela. No edulcores lo que es amargo, pero rastrea lo positivo y saboréalo mientras dure. Recuerda que muchas de las cosas que ahora te están costando no van a durar siempre: ahora no lo ves, ¡pero los bebés crecen rápido!

Algunas mujeres (y hombres) se enfrentan en solitario a la crianza de un hijo por diferentes motivos. Son lo que llamamos “familias monoparentales” (con un único adulto al cargo). Estas personas se ven obligadas a hacer un gran acopio de fortaleza interior y paciencia. Es muy recomendable que no se sientan forzadas a actuar como dos, tres, cuatro personas en una, porque son seres humanos, no batallones. Para ello, deben poner en marcha sus redes de apoyo formales (más profesionalizadas) e informales (amigos, familia, personas en su misma situación o que la han vivido hace poco y que puedan aportarles su experiencia). Si estás en esta situación, incluso si tú la has elegido, pide ayuda y acéptala, no tienes que inmolarte en el altar de la entrega absoluta. Piensa que colapsada, saturada y quemada no serás de mucha ayuda como madre. Si eres un padre en solitario este mensaje también va para ti.

 

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