¿Cuándo dejamos de ser jóvenes?

Por Raquel Ruiz Juárez
Publicado 09 de agosto de 2018

Compártenos en tus redes:

Si nos ponemos a pensar en lo que significa dejar de ser jóvenes a cada uno se le cruzará algo diferente por la cabeza. Cuando me retiran el abono joven y tengo que pagar más por mi transporte. Cuando no entro gratis a museos. Cuando me llaman “señora”. O cuando prefiero quedarme en casa viendo una película en vez de salir de fiesta a la discoteca de moda del momento.

 

Sea como sea, cada uno tiene ese momento en el que piensa “Vaya, yo esto antes no lo hacía, ¿me estaré haciendo mayor?”.

 

Las reacciones serán diversas, habrá algunos a los que no les afecte en absoluto el cumplir años, otros que seguirán haciendo lo mismo que hace 10 años y otros a los que les aterrorizará la idea del paso del tiempo.

¿Los jóvenes son los que no cambian?

 

Seguir teniendo los mismos pasatiempos de hace unos años no quiere decir que no hayas evolucionado en muchos otros aspectos. Cumplir años no va siempre ligado a cambiar tus gustos.

 

En la actualidad el concepto de ser jóvenes o el de juventud es cada vez más amplio y flexible. Seguro que has escuchado eso de “los 30 son los nuevos 20” (aplicable también para los 40 o los 50). Las últimas generaciones, los conocidos millenials, han establecido un cambio en cómo se había entendido el ser joven durante los últimos años.

 

Ahora si tienes entre 20 y 35 no tienes por qué estar casado, con casa, hijos, perro e hipoteca: carecer de eso no te hace ser más inmaduro ni te quita o pone juventud en sí mismo.  

 

Pensar «Aún no he conseguido mis metas, luego no soy suficiente» puede llegar a convertirse en una creencia muy limitante que, además, te devolverá una imagen muy negativa de tu juventud. Por eso es importante hacer conscientes este tipo de conclusiones y reajustarlas de manera más adecuada a la realidad y a tus circunstancias particulares. Seguro que eso aligerará un poco algunos juicios que haces sobre ti misma.

 

Comparar la juventud de ahora con la de nuestros padres y ver que tenemos menos bienes materiales que ellos o que aún no hemos formado una familia puede hacernos sentir algo estancados o “lentos”. Esto puede generar malestar y frustración. Estamos muy acostumbrados a asociar el bienestar o la estabilidad en la vida con una acumulación de logros o pertenencias, parece que tener una casa y un coche te hacen el ser más privilegiado del planeta y que, por lo tanto, no tenerlo te convierte en alguien inmaduro, con las ideas poco claras o que no ha conseguido nada en su vida. Con la pareja sucede algo parecido: si tienes pareja estable «has sentado la cabeza» pero, si no la tienes, ¿eso es algo que te convierte en un plato de arroz en proceso de pasarse? Desde luego que no: no eres una ración de paella que alguien tiene que comerse, eres una persona.

 

Lejos de todo esto está la capacidad para identificar en qué momento te encuentras, cuáles son tus necesidades reales y comprobar que estén cubiertas. Ahora probablemente sigas compartiendo piso, trabajando en un trabajo que no te aporta lo suficiente para dar el paso de comprarte una casa y continúes saliendo de cervezas con un puñado de amigos que se encuentran en la misma situación que tú. No eres inmadura ni tienes menos valor que las personas que consiguieron ciertas metas «típicas» a la edad que tienes tú ahora, simplemente estás viviendo un momento social distinto o, con toda probabilidad, tus metas en la vida van por otro camino.

 

Recuerda que el bienestar y la salud no dependen solo de un área, son varias las que hay que atender y cuidar. Tener recursos económicos es importante, pero también lo es contar con una buena red social y sentirse satisfecho de los avances personales. No todo el enriquecimiento se consigue con dinero.

Me da miedo hacerme mayor

 

Enfrentarse a los cambios no es sencillo, quizá uno de los cambios al que más miedo le tenemos es el de hacernos mayores, nos aterra la idea de dejar atrás nuestra juventud, dejar de ser «jóvenes». 

 

Ver los cambios que se dan en tu vida es algo que puede llamar la atención. Quizá tú eras la primera que convencía a tu grupo de amigos para salir de fiesta y ahora tus amigos no se animan tan fácilmente, así que pasas los fines de semana en casa o saliendo a pasear y eso no te divierte.

 

El cambio es lo único constante en nuestro día a día pero adaptarse a los cambios no significa renunciar a tu esencia. Si eres una persona activa que disfruta en compañía de otras personas no tienes por qué dejar de hacerlo, quizá tienes que encontrar planes distintos (o amigos distintos, ¡no pasa nada!).

 

Pero sin duda, el cambio que más aterroriza es el físico. Darte cuenta de los cambios que experimenta tu cuerpo cuando vas cumpliendo años puede hacerte sentir que se te escapa la juventud, que tienes que darte prisa o que no podrás hacer las cosas que siempre has ido dejando para después.

 

No sufras, cumplir años puede suponer cambios físicos pero tu vida no termina a los 40 (¡ni mucho menos!).

 

Aceptar nuestro físico es una asignatura complicada, tanto cuando somos jóvenes como cuando somos -más- mayores. Aprender a quererse a uno mismo tal y como es, virtudes y defectos incluidos, requiere un entrenamiento y no hay una única manera de realizarlo. Flexibilizar la idea de lo que una persona debe ser, o debe parecer, se puede conseguir de muchas formas.

¿Cómo tomármelo de otra manera?

 

Observa a la gente que tienes cerca, cada persona es de una forma distinta. Viaja, no temas a abrir tu mente y enfrentarte a nuevas experiencias y culturas, podrás ponerte en muchos más puntos de vista. Habla y libérate de los complejos, si nos acostumbráramos a sincerarnos de vez en cuando con la gente que nos rodea nos daríamos cuenta de que compartimos los mismos miedos y deseos, y eso alivia.

 

Y si a estas alturas de tu vida sientes que la confusión está más presente de lo que te gustaría reconocer, no te preocupes. Dedicar un tiempo al proceso de autoobservación y replantear cuáles son tus objetivos y las metas que quieres alcanzar puede hacerse con la ayuda de un psicólogo que te ayude a superar las barreras que estén presentes. Anímate a desempolvar los recursos que ahora mismo no recuerdas que tienes y aprovecha. Que tu edad no te frene, sea la que sea.

 


Compártenos en tus redes: