Compasión: una necesaria conexión entre seres humanos

Por Rafael Ortuño (psicólogo)
Publicado 07 de mayo de 2018

Compártenos en tus redes:

El diccionario de la Real Academia Española de la Lengua define la compasión como un “sentimiento de pena, de ternura y de identificación ante los males de alguien”. Los humanos tenemos la capacidad de empatizar, de ponernos en el lugar de los demás y comprender su sufrimiento, su tristeza, su rabia, sus errores.

Una forma de meditación consiste en cultivar actitudes y sentimientos de compasión y benevolencia hacia los demás, ya sean familiares cercanos, extraños o enemigos. Para ello es imprescindible que cultivemos la capacidad de parar y mirar a nuestro alrededor, de ser observadores de todo lo que nos rodea, para así poder darnos cuenta de las necesidades y situaciones por las que atraviesan otras personas y responder a ellas (empatía) además de experimentar un deseo sincero y fraternal de ayudarlas o de aliviar su sufrimiento (compasión).

Estas actitudes y sentimientos igualmente son aplicables hacia nosotros mismos, en cuyo caso hablamos de autocompasión. Sin embargo, en muchísimas ocasiones, somos incapaces de aplicárnoslas, quizá porque nos han educado en la idea de la perfección y la competitividad, lo que nos lleva a exigirnos y a no ser compasivos con nosotros mismos cuando nos equivocamos, cuando sufrimos, cuando estamos enfermos y otros momentos en los que nuestro corazón pide a gritos ser reconfortado.

La compasión y la autocompasión son, junto con el perdón, uno de los pilares básicos de nuestro bienestar emocional. Por ello es fundamental trabajar este tipo de meditación, junto a las demás e incorporar este tipo de actitudes. Las personas que hacen esto tienen una mayor capacidad para compartir los sentimientos de los otros sin sentirse abrumados e igualmente tienen esta capacidad para ser compasivas y benevolentes con ellas mismas, porque entienden al ser humano como único, pero a la vez imperfecto y necesitado de amor y ternura.

El Dalai Lama define la compasión como una sensibilidad amorosa hacia el sufrimiento del yo y de los demás. De hecho, afirma: “Si quieres que otros sean felices, practica la compasión. Y si quieres ser feliz tú, practica la compasión”.

La base de la compasión y la benevolencia es el amor. Esta cualidad básica de nuestro corazón implica deseo de bienestar para uno mismo y para los demás y esto, a su vez, conlleva contribuir a crear las condiciones para que surja ese bienestar.

Cuando el amor está presente en nuestra forma de pensar, sentir y actuar en nuestra vida, el equilibrio emocional se hace más accesible y sostenible y, por ende, nuestra capacidad para ser personas compasivas y benevolentes con los demás y con nosotros mismos.

El cultivo de la compasión de la que estamos hablando significa conectar con todo el amor que ya está disponible en el corazón, más que tener que añadir algo extra. Se trata más de liberar que de crear algo nuevo. Cuando conectamos con la compasión, es posible tener más influencia sobre nuestro propio bienestar, mejorar nuestras relaciones y encontrar la libertad para responder en vez de reaccionar.

Los seres humanos estamos diseñados para ser compasivos y benevolentes con nosotros y con los demás, a pesar de que en muchas ocasiones nos cueste creerlo. Cuando nos sentamos a meditar y cultivamos la práctica de la compasión hacia nosotros mismos y los demás, descubrimos que esta es una estrategia muy potente para fortalecer nuestra capacidad de crecimiento personal. Ahora bien, esta capacidad no es algo fijo, al contrario: se trata de una habilidad que hay que entrenar para no perderla y poder, incluso, para expandirla.

La atención consciente o mindfulness genera las condiciones para una mente serena y la compasión capaz de transformar la mente. En este tipo de meditación se trata, pues, de conectar con aquella parte de nosotros que aún se mantiene íntegra y sana, que aún puede funcionar como una fuente de amor y de ternura. Se trata de dirigir este amor y ternura hacia nosotros mismos y los demás, de desearnos el bien, la felicidad, la salud, la paz.

Para que funcione como meditación, una premisa básica de la compasión y la benevolencia es que no puede ser condicional. De este modo, no puedo decir “Soy amable con los demás pero, al mismo tiempo, quiero algo a cambio”, o “Espero de alguien una determinada actuación a cambio del amor que le ofrezco”. La compasión y la benevolencia tienen que ser incondicionales.

Por ello deberíamos trabajar habilidades de compasión que incluyan:

Trabajar nuestra sensibilidad en relación con nuestro propio malestar, teniendo en cuenta que las propias emociones de amenaza (ira, ansiedad, tristeza) pueden bloquear esa sensibilidad.

Abrirnos emocionalmente y conmovernos por los sentimientos, el malestar y las necesidades de los demás.

-Aumentar nuestra capacidad para tolerar el malestar y las emociones, vinculada a la capacidad de “estar con” nuestras propias emociones dolorosas y adversas de uno mismo o las de los demás sin evitarlas ni intentar atenuarlas, pero estando en momento presente.

Desarrollar la empatía, que implica “ponerse en la piel del otro” y desarrollar la capacidad de introspección para entender por qué los otros pueden sentirse o actuar como lo hacen. De este modo aprenderemos a comprendernos mejor y ser más compasivos con nosotros.

Desarrollar el no juzgar, que es una manera de abstenerse de condenar y acusar.

 

Cuando riegas las raíces de un árbol, esa agua alcanza naturalmente cada rama, cada hoja, cada flor del árbol. La compasión, es como esa agua, no solo te alcanza a ti y a las personas con las que eres compasivo: una vez que la practicas alcanza y se expande a todos los seres vivos.


Compártenos en tus redes: