Celos familiares: ¿por qué se producen y qué hago con ellos?

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Que unos parientes tengan más afinidad por otros y esto despierte celos familiares es absolutamente normal. Debemos recordar que el parentesco (ser familia) hace que compartamos espacios y actividades con otras personas de manera muy estrecha y, en ocasiones, desde que nacemos. Eso tiende a generar una serie de vínculos que pueden llegar a ser muy intensos pero no siempre simétricos. 

Al contrario de lo que muchas personas parecen creer, el parentesco no garantiza en absoluto ni el cariño, ni la complicidad, ni el afecto o admiración que podamos sentir hacia una persona en particular, incluso aunque sea nuestro padre o nuestra hija. Cuando hablamos de una familia nuclear (padres e hijos) o extensa (abuelos, tíos, primos, cuñados, etc.) hablamos de un grupo y en ningún grupo al que pertenecemos todo el mundo nos gusta lo mismo, ni nos cae igual de bien, ni con todos los miembros tenemos una conexión fantástica o para los mismos temas. 

Ahora bien, no hay una pauta absoluta sobre a qué parientes queremos más o menos. No está escrito en ninguna parte que los abuelos quieran más a sus nietos que a sus hijos, o que los primogénitos sean más apreciados, o que los benjamines sean más mimados y se beneficien del camino supuestamente abierto por los mayores. Todos esos son tópicos absolutamente infundados: cada grupo familiar es un sistema de vínculos e historia compartida peculiar y único y hay que analizarla por separado. 

celos familiares

Los celos son una emoción. Igual que la envidia, que es una emoción parecida pero no es la misma. 

La envidia es ver que el otro tiene algo que yo no tengo y que deseo, interpretando que el hecho de yo no tenerlo me hace valer menos. Eso puede desatar mucha antipatía o violencia hacia la otra persona, que sí lo tiene. 

Los celos son la emoción que aparece cuando veo que alguien quiere a un tercero de una manera en la que solo debería quererme a mí, lo cual me despierta una enorme inseguridad, además de una sensación de agravio. 

¿Son normales los celos familiares? 

Por supuesto: todos queremos ser queridos y valorados por todo el mundo en general y por nuestros familiares en particular, sobre todo si nuestros familiares son seres queridos para nosotros (que no es algo que ocurra siempre, por supuesto). 

Por eso es natural y coherente que nos sintamos un poco agraviados o dados de lado si percibimos que otras personas que están en nuestro mismo rango tienen “más éxito” afectivamente con nuestros parientes comunes que nosotros. 

Lo maduro es ser realistas y asumir que no todos podemos querernos igual entre nosotros pero que eso no quiere decir que a mí no me quieran nada o no valoren ciertas características mías, aunque no se resalten tanto. Otra cosa es que haya verdaderos agravios comparativos, ataques abiertos hacia algún miembro de la familia mientras se elogia siempre a todos los demás. En este caso hablaríamos de un patrón relacional más disfuncional.

Para salir de dudas sobre el puesto que ocupan en los afectos de algunos de sus parientes y aclarar así sus celos familiares, algunas personas se plantean preguntarlo abiertamente: ¿soy yo vuestro hijo favorito o es ella? ¿Le queréis más a él que a mí? 

Esta es una cuestión realmente peliaguda a nivel familiar. No parece que este tipo de preguntas sean fáciles de formular ni de contestar, sobre todo si detrás hay un verdadero conflicto familiar que ha dado lugar a la percepción de que el otro es el favorito de nuestros padres. 

No es una cuestión que se pueda plantear con naturalidad o neutralidad y es poco probable que vaya a contestarse siempre con sinceridad. En cualquier caso, la cuestión no es tanto si conviene o no conviene ponerla encima de la mesa, ya que cada uno tiene que decidir qué dudas necesita plantearle a sus padres y si está dispuesto a escuchar la respuesta y asumirla como honesta. La cuestión es, precisamente, qué está ocurriendo en la familia para que uno de los hijos sienta con claridad que uno de sus hermanos es favorecido significativamente por los padres y si la familia en su conjunto está preparada para afrontar eso. 

Admitir abiertamente cómo te afectan los celos familiares

¿Es bueno destapar de manera explícita cómo te hacen sentir los supuestos favoritismos que percibes en tu familia? Depende de cuál sea tu necesidad al hacerlo. Parece bastante honesto en la teoría, pero las relaciones familiares no se mueven por los códigos de la lógica matemática, sino que obedecen a otra complejidad. 

Hay que preguntarse: ¿qué lleva a alguien a querer expresar delante de sus padres o del conjunto de su familia que no se siente querido, que se siente agraviado, que se siente desprotegido por sus padres o que tiene envidia de uno de sus hermanos?, ¿para qué lo hace? Y, por último, ¿qué conflicto familiar va a destapar y cómo va a abordarlo la familia? 

Otra posibilidad menos arriesgada es que la persona sea capaz de hacer consciente en su fuero interno el agravio que siente, que pueda verbalizarlo y compartirlo con personas de su confianza, o bien abordarlo en terapia junto a un psicólogo, sin necesidad de comunicarlo directamente a las personas implicadas si es que no lo ve indispensable, no se siente preparada o, simplemente, no quiere ir por ahí. 

Todos los padres tienen un hijo favorito: ¿qué hay de cierto?

Cada padre y cada madre sabrán, no existe una norma universal. No podemos decir que siempre hay un hijo favorito, porque es obvio que en muchas familias los afectos están muy armonizados y muy bien repartidos y, aunque las vinculaciones con cada hijo sean diferentes, los padres las experimentan todas como “equivalentes”. Ahora bien, que tener un hijo “favorito” ocurre y es más frecuente de lo que muchas personas querrían admitir, eso por supuesto. 

Con “favorito” nos referimos a un hijo con el que tenemos más afinidad, conectamos mejor, se parece más a nosotros, la relación con él significa algo o nos mueve algo que no nos mueve la relación con el resto de nuestros hijos. Eso no quiere decir necesariamente que al favorito le queramos y a los otros no (aunque esto también puede suceder) sino que hay un nivel de afinidad y disfrute de la relación superior que con los otros pero con los otros también hay. 

Es bonito pensar que a todos los hijos se les quiere y que a todos los hijos se les quiere en la misma “cantidad”, pero esto es así unas veces y otras veces, simplemente, no, porque el vínculo sanguíneo no garantiza el afecto o la simpatía. 

Es más honesto admitir esto último -y velar porque no merme nuestra responsabilidad hacia los hijos no tan favoritos- que atrincherarnos en una especie de mentira de que “en esta familia nos queremos todos muchísimo y nos llevamos fenomenal y con todos mis hijos tengo un buen rollo impresionante” si es que eso no es así en el caso de nuestra familia. 

Cada hijo es una persona muy diferente a los demás hijos y saca de nosotros facetas diferentes. Nos da un feedback diferente en el contexto de nuestra relación. Por eso con cada uno, en realidad, somos una persona diferente, se note eso por fuera o no. 

Aprender a gestionar el favoritismo y los celos familiares

Tenemos cierto margen en el moldeamiento de nuestros afectos pero hay vínculos positivos y negativos que son inevitables, se establecen de manera inconsciente e instintiva y no podemos evitarlos. 

No pasa nada, podemos asumirlo con madurez y como un fenómeno natural de las relaciones entre hermanos y también entre padres e hijos, siempre y cuando eso no nos convierta en padres negligentes o maltratadores de aquellos hijos con los que tenemos menos afinidad o, en el peor de los casos, ningún cariño en absoluto. Especialmente si son hijos menores de edad. 

Por otro lado, para compensar esas asimetrías afectivas con nuestros hijos, tenemos que afinar el ojo y el oído con los hijos no tan favoritos. Preguntarnos por qué nos sentimos más lejos de ellos, además de observarlos y escucharlos para conocerlos mejor, en lugar de fortalecer la distancia y reforzar la idea de que son personas que no nos gustan, no nos caen bien o con las que no conectamos. 

celos familiares

Todos deseamos ser queridos, especialmente por aquellas personas que se supone que nos tienen que querer mucho e incondicionalmente, como los padres. También ocurre al contrario: que es el padre o la madre quien percibe que los hijos quieren más a la pareja que a él/ella, y también ahí aparecen fricciones. 

Una cosa es que afectivamente no nos sintamos igual de cerca de todos nuestros hijos: esto es inevitable, no controlamos al cien por cien lo que sentimos por una persona. Pero sí podemos controlar mucho más lo que hacemos, nuestras conductas, y aquí ya entran los favoritismos explícitos: lo que a uno le permito y a otro no, lo que doy a uno y a otro no, lo que expreso hacia uno y hacia otro no… Son esas conductas diferenciales las que indican al hijo que no es tan querido que quizá hay una diferencia de afecto, una diferencia de estatus respecto a su hermano que puede despertar celos familiares. Por eso conviene cuidarlas porque, muy a menudo, no son justas. 

Se trata de analizar a los hijos “que queremos menos” con un foco más amplio, no definirlos en términos simples. Darnos cuenta de sus diferentes facetas, destacar sus virtudes y aquello que hacen bien, o aquello que son o que hacen que sí nos gusta, en lugar de fijarnos solo en lo que no nos gusta de ellos. 

En definitiva, rescatar aquellos rasgos positivos en los que reparamos menos y que pueden llegar a gustarnos o que, incluso, podemos llegar a admirar, aunque luego en el trato con ellos haya menos cercanía. 

¿Debo admitir a quiénes prefiero en mi familia?

Depende. Lo que debemos hacer es preguntarnos para qué lo queremos decir, a qué interés sirve, qué puede pasar si lo hacemos. ¿Vamos a decirlo para darle a otro pariente en las narices? ¿Como una venganza o un ataque hacia alguien? ¿Para establecer una alianza con un pariente en concreto? 

En los grupos a los que se pertenece y en los que se desea permanecer lo correcto es hacer aquello que promueve el bienestar del grupo, la salud de las relaciones y mi bienestar particular dentro del grupo. 

A veces eso implica decir la verdad y asumir las consecuencias, dejando atrás las fantasías de familias perfectas y amorosas. Sin embargo, otras veces requiere callar o mirar hacia otro lado para preservar la paz grupal si es que actuar de manera contraria no va a reportar nada bueno o no vamos a ser capaces de gestionar el conflicto sin destruirnos mutuamente. 

No es fácil manejar los celos familiares, especialmente cuando estos están motivados por grandes agravios comparativos entre unos parientes y otros. Si sientes que los conflictos familiares o la manera que tus parientes tienen de tratarte está perjudicando seriamente tu bienestar, tu autoestima, tus interacciones familiares, no esperes que sean los otros quienes cambien. Ponte en marcha junto a un psicólogo para ser tú quien pueda cambiar la manera que tienes de vivirlo. Conéctate a nuestro chat y te explicaremos cómo iniciar hoy mismo tu terapia online

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