Burnout: cuando el trabajo te abrasa

Por Rafael San Román Rodríguez
Publicado 07 de noviembre de 2017

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Seguro que has oído hablar del síndrome de burnout: esa situación indeseable en la que, por diferentes motivos, nuestro trabajo “nos prende fuego”, es decir, nos desgasta poco a poco con diferentes tipos de llamas.

Cuando el trabajo nos quema, aunque sea en sentido metafórico, eso quiere decir que nos reduce poco a poco a cenizas, restándonos fertilidad y frescura como trabajadores. En esas situaciones el trabajo nos quita brillo y nos convierte en tierra quemada donde no hay vida, como si fuéramos un terreno donde, tarea tras tarea, deja de crecer la hierba.

Es verdad que, cuando se dan ciertas condiciones, la ceniza puede funcionar como abono -en este caso entraríamos en el terreno de la resiliencia– pero todos estamos de acuerdo en que es mejor que el bosque no se queme a que lo haga.

El burnout no se debe solo a un exceso de trabajo: eso puede ser estresante y, por supuesto, el estrés puede conducir al burnout, pero el desgaste, la sensación de estar quemado, va más allá del estrés.

¿Cómo diferenciarlos?

Por ejemplo, una persona puede sentirse muy valorada en su trabajo, ocupar el puesto que siempre ha deseado y emplear su tiempo en tareas muy realizantes. Esta misma persona, por diferentes motivos, puede asumir en un momento dado demasiadas tareas, o tener que hacer frente a responsabilidades que no le corresponden o que exceden a sus conocimientos. Cuando esto ocurre, la persona desarrolla un cuadro de estrés, pero esa situación no tiene por qué quemarla necesariamente. De hecho, si se siente reconocida, si percibe que lo que hace tiene un sentido, si cuenta con la posibilidad de pedir ayuda y cree que en cuanto se ponga a ello puede darle la vuelta a su situación, probablemente esta no se prolongue más allá de lo imprescindible y las chispas que empezaban a saltar entre la maleza quedarán rápidamente sofocadas.

Nuestro entorno laboral es muy demandante y mucha gente acude a la consulta de los psicólogos expresando un malestar al que no saben poner nombre pero con el que los profesionales estamos muy familiarizados. A continuación puedes leer unas frases que pronuncian con frecuencia aquellas personas que ya empiezan a manifestar los signos y síntomas propios de un síndrome de burnout. Fíjate bien cuando las leas, quizá te reconozcas en alguna de ellas como trabajador:

“Me siento solo en mi trabajo”, “Nunca se reconoce lo que hago”, “Mi trabajo en inútil”, “No tengo ningún poder de decisión o control sobre mis tareas”, “Creo que, haga lo que haga, aquello que me desmotiva nunca va a cambiar”, “El trabajo me vampiriza, me quita energía y me atrapa, de tal manera que no me deja tiempo para otras actividades”, “Mi trabajo es excesivamente demandante, más demandante de lo que yo puedo satisfacer sin romperme, y encima no me compensa con nada”.

¿Llevas ya un tiempo sintiéndote así? Pues ten cuidado, porque eso significa que la cosa está que arde, al menos en el sentido psicológico de la expresión.

Detecta el burnout cuanto antes

El burnout, la quemadura que nos provoca nuestro trabajo, a menudo puede pasar desapercibido. Todo incendio comienza discretamente por unas cuantas hojas quemándose, unos rastrojos incandescentes que ocupan muy poco espacio hasta que al final se convierten en cientos de hectáreas calcinadas.

El incendio es silencioso en su comienzo, también cuando es metafórico. Por eso es importante -antes de que sea demasiado tarde- que prestes atención a esa fina columna de humo que ya asoma entre los ordenadores, a ese ligero olor a quemado en la sala de reuniones, ese suave crepitar de nuestra agenda cuando imita a una chimenea encendida: si no lo paramos a tiempo, nos convertiremos en trabajadores quemados.

Llegar a estar quemado es un proceso, así que es importante que diferenciemos entre estar pasando un momento poco brillante en nuestro trabajo y desarrollar un cuadro psicológico de burnout. Estar quemado no es tener un mal día en el trabajo, un día desilusionante o un día agotador. Ni dos ni tres. Estar quemado es algo más: el resultado de un periodo prolongado de días malos, llenos de tareas inabarcables o sin sentido que acaban deprimiéndonos y restándonos eficiencia en nuestras tareas.

Estar quemado tampoco quiere decir que tu trabajo sea horrible, que tengas que abandonar tu empleo o que tu carrera esté acabada. Quiere decir que algo en tu trabajo y en tu manera de desempeñarlo (o en la manera en que las circunstancias externas te obligan a llevarlo a cabo) están afectando negativamente a tu salud física y mental. Si esta es tu situación, solo hay una buena conclusión posible: las cosas tienen que cambiar… y tienen que hacerlo cuanto antes.

Aprende a diferenciar

El trabajo es una parte importante de tu vida pero no es toda tu vida. Por eso, si el trabajo va bien, fantástico. Si va mal, recuerda: es solo una parte que va mal. Es genial trabajar en algo que nos motiva y que llena de sentido nuestra vida, pero eso no siempre sucede y no por ello tiene que ser el fin del mundo.

Nuestro desempeño laboral debe necesariamente favorecer nuestra salud o, al menos, no menoscabarla, de ahí que haya que optimizar las condiciones en que tiene lugar. Sin embargo, no es realista pensar que el trabajo sea siempre perfecto o que nos entusiasme cada día: no te dejes quemar a la primera, ¡es muy raro que todo vaya bien todo el tiempo!

Tampoco le pidas al trabajo que sustituya la satisfacción que no encuentras en otras áreas de tu vida. Reparte responsabilidades, separa y alimenta las diferentes facetas de tu vida cotidiana y aprende a desconectar. Mientras estés en tu puesto, haz cuanto puedas por estar lo mejor posible y rendir lo que consideres necesario; luego, cuando “suene el timbre”, recuerda que es hora de que te ocupes de los otros aspectos de tu vida. O lo haces, o te quemas.

Dale importancia a las personas

Todos sabemos cuánta verdad hay en aquello de «mejor solo que mal acompañado», sobre todo cuando el compañerismo no abunda en los sitios donde trabajamos. No obstante, incluso cuando este sea el caso, procura no aislarte más allá de lo necesario para protegerte de un entorno tóxico. Cultiva una buena relación con tus compañeros de trabajo. Teje alianzas, pide ayuda si la necesitas, busca el apoyo mutuo y la colaboración con la gente que tienes a tu alrededor siempre que sea posible.

Susan M. Wilson, miembro de la Asociación Americana de Psicología (APA), lo tiene claro: «Es menos probable que se produzca burnout con un ambiente de trabajo positivo y que proporciona apoyo». Como añade esta psicóloga, «el apoyo social por parte de supervisores, compañeros y miembros de la familia contribuye a crear este ambiente positivo».

Desengáñate, una máquina muy potente puede ahorrarte parte del trabajo pero no te va a dar una palmadita en la espalda para felicitarte por tus logros ni se va a tomar un café contigo para destensar. Tampoco va a darte un consejo brillante, ni va a recomendarte a su terapeuta, ni le va a pedir a vuestro jefe que afloje un poco contigo o que atine mejor con los encargos que te hace. Al final, lo importante son las personas.

Organízate bien

Haz pausas, no te bloquees con objetivos imposibles ni pidas a otros que consigan cosas imposibles para ti. A veces nos empeñamos en algo, confundiendo la tenacidad con el quedarnos encasquillados, ¿nos está faltando solo un poco más de paciencia o realmente estamos olvidando que lo que no puede ser, no puede ser? No entres en caos ni te hundas, mejor afina un poco la mirada y piensa que quizá, sobre todo si no estás llegando a donde quieres llegar, puedes probar algo diferente durante un tiempo en tu manera de trabajar: un cambio de rumbo hoy puede salvarte de las llamas mañana.

Detecta dónde tienes que esforzarte más y dónde hay que apretar un poco menos, reformula tus expectativas y prioridades, no pierdas tiempo ni malgastes tu energía. ¿Has perdido perspectiva como trabajador y eso te está quemando? No pasa nada: aléjate, recupera la visión panorámica y continúa trabajando con una nueva mirada.

Toma medidas

No cojas demasiado impulso con decisiones precipitadas cuando te sientas quemado en tu trabajo pero, si ves que la situación se prolonga y que lo que empezó como una mala racha ya no puede oler más a chamusquina, quizá es el momento de asumir tu situación laboral como lo que es, un cuadro de burnout. En ese caso debes tomar medidas de mayor calado: adelantar tus vacaciones, pedir una baja médica o, sin prisa pero sin pausa, valorar la posibilidad de cambiar de trabajo.

A veces ni las vacaciones, ni las bajas, ni un cambio de trabajo son soluciones factibles a corto plazo. Aun así, tu salud no es algo que puedas posponer. Si sientes que tu trabajo te está quemando es importante que pidas ayuda psicológica. Los psicólogos y psicólogas estamos aquí para enseñarte que tienes extintores para tu burnout más a mano de lo que piensas.


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