Bulos: el auténtico virus de la comunicación social

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No los ha traído la pandemia de covid-19 pero sí que han encontrado en esta emergencia un campo abierto para nacer, crecer y multiplicarse. Hablamos de los bulos, esas cápsulas de información absolutamente perjudiciales que se extienden entre nosotros como si tuvieran la contagiosidad de un virus. Un tipo de patógeno que crece en el cerebro de algunos humanos, empieza colonizando nuestra comunicación y acaba afectando al resto de nuestros “órganos sociales”.

¿Estamos predispuestos para creernos los bulos?

Mucho. Demasiado. Las razones de esa predisposición han sido ampliamente estudiadas por distintas disciplinas. Sin ir más lejos, la psicología social se ha encargado de estudiar fenómenos parecidos a los bulos, como por ejemplo los rumores (cómo se generan y propagan y qué consecuencias tienen). Más indirectamente, la psicología jurídica ha tratado de explicar cómo funcionan los testimonios, analizando la fiabilidad de la memoria de los testigos que presencian un suceso y, por supuesto, observando cómo procesan esa información los jueces y jurados que tienen que decidir al respecto, es decir, qué credibilidad tiene. Este aspecto, el de la credibilidad, relacionado con la verosimilitud, es crucial a la hora de analizar el fenómeno de los bulos.

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Según la RAE un bulo es una noticia falsa propalada (es decir, divulgada) con algún fin. Esta última parte es fundamental para entender el significado de este fenómeno. No es un evento completamente espontáneo o incondicional, sino que tiene lugar para algo. Hay que tener esto en cuenta para entender que quien inicia la cadena de un bulo (y por supuesto quienes contribuyen a su expansión a sabiendas de que lo que expanden es un bulo) deben considerar cómo es su público objetivo, su audiencia, a la hora de diseñar el contenido de esa noticia falsa y planificar su difusión, de manera que aumenten la probabilidad, por decirlo de alguna manera, de hacer diana. No importa si esto se hace de manera muy burda o inconsciente. Lo que importa es que se hace.

Un rumor puede ser verdadero o no. Un bulo siempre es algo falso transmitido con una finalidad determinada, normalmente generar daño

De este modo, aunque tengan cosas en común, no hay que considerar los bulos como simples rumores que corren por ahí de manera descontrolada. Es decir, no son solo informaciones de mayor o menor veracidad en su origen que se van deformando según pasan descuidadamente de una persona a otra, de manera que el contenido final guarda muy poca relación con el contenido inicial. No debemos olvidar una diferencia importante entre rumor y bulo: aunque muchos rumores son puro aire (puro ruido, no en vano en italiano rumore significa eso, ruido) otros muchos son noticias reales que se han expandido de boca a oreja sin control antes de ser confirmados.

En cambio, los bulos, primos hermanos de los rumores, son contenidos falsos desde el primer momento, invenciones deliberadas pero envueltas de algún elemento de verosimilitud que les aporte algo de credibilidad y divulgados de manera premeditada con algún objetivo. Aunque algunos sean realmente burdos, siempre resulta inquietante que esto pueda suceder porque además son muy peligrosos: lo que para alguien puede resultar una burda invención para otra persona, por diferentes motivos (su estado emocional, su nivel cultural, su ideología, su hiperreactividad a ciertas noticias, su capacidad para sugestionarse, etc.) puede resultar perfectamente verosímil. Por eso los bulos pueden tener una gran capacidad desestabilizadora, sobre todo si el elemento de verosimilitud que tienen es lo suficientemente bueno.

Cuando la situación está calmada hay algunas cosas que son poco creíbles, pero en situaciones donde los sobresaltos se suceden, o donde hemos presenciado sucesos llamativos por primera vez, sin referentes con los que comparar, donde a veces una barbaridad sucede a la anterior y algunas son ciertas, entonces ciertos bulos parecen más verosímiles.

Concretamente, en situaciones de emergencia o excepcionalidad, como la que estamos viviendo actualmente, hay dos factores que pueden influir en que seamos más permeables a la influencia de los bulos: estamos más tensos (más alerta y, a la vez, de peor humor) y, por tanto, más susceptibles. Esto quiere decir que nuestro umbral de miedo es más bajo (hay más cosas que nos resultan amenazantes y las que ya nos resultaban amenazantes antes nos lo resultan aún más). Por tanto, reaccionamos con más intensidad a estímulos más ligeros. En el lenguaje de la calle: es más probable que saltemos a la mínima, también a la hora de reaccionar a la información que nos llega.

Por otro lado, si el contenido de esa noticia falsa que se divulga para conseguir un objetivo tiene que ver con nuestros intereses (es decir, nos beneficia, nos informa de que un deseo nuestro se cumple) estamos más abiertos a darlo por bueno que si es algo que va en nuestra contra, donde es probable que activemos más mecanismos de negación, aunque sea durante unos segundos o minutos, como una medida para amortiguar el impacto de la noticia y, no lo olvidemos, como forma de darnos un tiempo para calibrar si debemos creerla o no.

La ideología como medio de contagio

Por supuesto. Condiciona mucho, pero no es cien por cien determinante o no en el cien por cien de los casos. Hay personas que son hipercríticas o extremadamente desconfiadas y tienden a ponerlo todo en tela de juicio, no se fían de nadie, aunque se sientan identificadas con ciertas ideas o corrientes de pensamiento, como todo el mundo. O simplemente son muy exigentes, muy inteligentes, muy intuitivas y, sobre todo, muy cautelosas y actúan como actuaría un buen periodista: contrastan la veracidad de la noticia antes de darla por buena, sobre todo en el caso de noticias muy graves o que tienen una pinta extraña.

En cualquier caso, está plenamente aceptado que estamos predispuestos a aceptar como buenos aquellos contenidos que nos benefician, es decir, aquellos contenidos con los que previamente ya concordábamos. Nos resulta cómodo, agradable, en términos psicológicos nos refuerza, nos reafirma en nuestras convicciones, actúa como una pequeña descarga interna de satisfacción. Esto es el componente emocional y motivacional del bulo, que sucede en paralelo al componente cognitivo (el análisis mental de la información) e influye mucho en este. A veces somos más conscientes de lo potente que resulta “en nuestro estómago” oír cierta información antes de tener una opinión clara en nuestra mente de qué nos parece esa información.

Por qué alguien crea un bulo

Distintos intereses, que pueden ir desde lo más elaborado o sofisticado a lo más bobo o simple. Entre estos últimos puede tratarse de mera irresponsabilidad, un “hacer la gracia” a modo de gamberrada, que sería un mecanismo muy infantil. En otros casos puede haber intenciones mucho más conscientes y elaboradas y el objetivo final siempre tiene un componente de hacer daño a alguien (por ejemplo un bulo difamatorio contra una persona en concreto) o a algo, a alguna causa, a algún grupo, etc.

Podríamos considerar que actuar así es algo enormemente antisocial. Hay una intención destructiva de algo o alguien en concreto pero también desestabilizadora del ambiente en general, porque de alguna manera se cuenta con el hecho de que a río revuelto, ganancia de pescadores.

Para defendernos de los bulos lo mejor es escuchar con los oídos, no con el estómago

Hay mucha gente que considera que la confusión, el miedo, el zarpazo desleal a aquello que no le gusta le puede reportar una ganancia, ya sea a él o a su propia causa. A veces también pueden ser ganancias más tangibles, pero esto ya lo tendrían que decir ellos porque es algo difícil de rastrear y demostrar y, por supuesto, no se revela.

Medidas preventivas ante los bulos

Los bulos no son algo nuevo ni propio de esta época. Forman parte de la comunicación humana y, por tanto, están fuertemente mediados por factores sociológicos y psicosociales. No obstante, eso no quiere decir que no haya que temerlos y combatirlos: deben ser tenidos en cuenta y deben ser neutralizados todo cuanto se pueda, porque su influencia es muy nociva y nunca podemos estar seguros de la magnitud que puede llegar a tener su influencia.

Nadie es completamente inmune a ellos (ni a que nos afecten ni, desgraciadamente, a contribuir a su difusión, aunque sea sin maldad), pero sí hay ciertas características que deben cultivarse para prevenir sus efectos:

Tener sentido crítico

Ser analíticos, tomarnos la molestia de poner en tela de juicio y comprender en profundidad el sentido de ciertas informaciones. Esto no quiere decir volvernos personas totalmente desconfiadas o, incluso, paranoides (pensando que hay perversas intenciones detrás de toda noticia y que no podemos fiarnos de nadie). Se trata simplemente de que no nos traguemos porque sí el cien por cien de la información que nos llega.

Tener diferentes fuentes de información

Y, a ser posible buenas (fiables): valorar no solo una información, sino el rigor con que está expresada y también de quién nos viene. ¿Es alguien a quien damos crédito, que suele estar bien informado, que es cuidadoso, que no tiende a difundir noticias indiscriminadamente? ¿O es cualquiera?

Tener un alto nivel cultural

Cuanta más información se maneja de manera ordenada y se comprende, más capacidad de contraste y cotejo se tiene. Es decir, más pericia, más sabiduría, en parte más inteligencia (la inteligencia no es lo mismo que el nivel cultural, pero un alto nivel cultural es uno de los múltiples factores que contribuyen a mejorar la inteligencia de una persona). Es importante tener referentes, abundancia de información sólida y de calidad. No toneladas de datos inconexos y amontonados, sino cantidad suficiente de información adecuadamente procesada y estructurada, información rigurosa y de calidad que nos sirva de referente para contrastar los nuevos datos que nos lleguen.

Prudencia

No caer en el retuit automático de cualquier cosa, en el compartirlo todo porque sí, solo porque nos llama la atención o porque nos parece relevante. Controlar nuestros automatismos, pensar qué efecto puede tener la difusión incontrolada de ciertos datos, sobre todo aquellos que tienen una pinta extraña. Ser reflexivos, no impulsivos.

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