Autoexigencia: cómo nuestras metas pueden convertirse en una carga

Por Raquel Ruiz Juárez
Publicado 18 de enero de 2018

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Imaginad que tenéis un proyecto entre manos, puede ser cualquier cosa que se os venga a la cabeza: exámenes de la universidad, abrir un negocio, tener una relación de pareja o incluso tener hijos. Cualquiera de las cosas que nos planteemos hacer en nuestra vida va asociada con las expectativas que tenemos respecto al resultado. Ese resultado se deberá a lo que hagamos nosotros o la expectativa que tengamos de lo que podemos hacer (ahí entra en juego la autoexigencia), a las circunstancias y, por qué no, un pequeño porcentaje tendrá que ver con la suerte.

 

ifeel autoexigencia

 

Ahora mismo vamos a quedarnos únicamente con “lo que hacemos nosotros” y cómo (o eso creemos) va a repercutir esto en el resultado de nuestro proyecto, ya sea un resultado favorable o no. Vamos a quedarnos, en definitiva, con nuestra autoexigencia.

Es normal que, cuando nos embarcamos en algo que consideramos importante en nuestra vida, intentemos hacerlo lo mejor posible para que el resultado sea el mejor posible.

Si he empezado a estudiar una carrera es evidente que, cuando lleguen los exámenes, querré poner lo mejor de mí para aprobar. Igual ocurrirá en el resto de ejemplos que hemos mencionado antes: en todas esas situaciones estaremos expectantes por obtener un buen resultado.

Cuando queremos alcanzar un objetivo, una meta que nos hemos marcado, empezamos a ponernos condiciones a nosotros mismos: “Tengo que dedicarle tiempo”, “tengo que organizarme”, “tengo que hacerlo bien esta vez”… De acuerdo, hasta aquí todo bien.

 

¿Qué ocurre cuando, además de esos pensamientos, aparecen otros por nuestra cabeza?

“Vaya, no me está saliendo como había planeado”, “esto lo he hecho mal”, “¿cómo he podido fallar en esto?”. Es probable que, cuando todos estos pensamientos se crucen por nuestra mente, vayan acompañados de ciertas sensaciones desagradables.

En este momento nuestra autoexigencia quizá se haya vuelto tan fuerte que esté matando nuestra motivación y nuestra ilusión. Por supuesto, también se estará llevando por delante todos los esfuerzos que hayamos hecho y que, en este momento, parecerán absolutas tonterías, cosas fáciles que no tienen importancia.

No pasa nada, todos en algún momento nos hemos pedido más de lo que podíamos dar. Hay momentos en la vida bastante estresantes que requieren gran cantidad de recursos por nuestra parte. Ni siquiera tienen que ser grandes situaciones, pueden ser pequeñas cosas del día a día que, aunque no lo parezcan, resultan muy demandantes. En realidad, existe un abanico bien grande de momentos en los que podemos ser autoexigentes, y esto no tiene por qué ser malo. De hecho, ser autoexigente puede ayudarnos a alcanzar muchas metas, pero sin pasarnos.

Entonces… ¿es buena la autoexigencia?

La autoexigencia puede ser una gran aliada o una gran barrera. En el momento en el que dejamos de aceptar los errores humanos -es decir, nuestras limitaciones legítimas- y olvidamos nuestro bienestar por intentar conseguir el estándar que nos hemos propuesto estamos cayendo en una autoexigencia excesiva.

 

¿Cómo podemos reconocerla?

Existen diversas formas en las que podemos estar sufriendo las consecuencias de ser demasiado autoexigentes. Como hemos dicho, además de pensamientos recurrentes bastante negativos, pueden aparecer sensaciones físicas y sentimientos desagradables. A continuación mencionamos algunos ejemplos que pueden darte pistas de que, quizá, estás siendo demasiado autoexigente.

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Ansiedad

¿Cómo no? La ansiedad está presente en tantas situaciones que a veces no sabemos ni de dónde puede estar viniendo. Pues bien, la autoexigencia desmedida puede despertarla. Si vas a enfrentarte a algo que puede generar un cambio importante en tu vida, algo en lo que estás poniendo mucho en juego, es normal que sientas algunos “nervios”. Sin embargo, si tienes periodos en los que sientes una presión en el pecho, temblores, sudoración (por mencionar solo algunos síntomas), es decir, si esto que te traes entre manos te genera un gran malestar, puede ser que estés poniendo demasiado de ti en ese proyecto. Haz una pausa que te ayude a tomar distancia de tus expectativas. Recuerda que tienes que hacerlo lo mejor que puedas, no a la perfección. Esta puede ser una buena técnica para que esta ansiedad disminuya.

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Cansancio

A veces tenemos tanto que hacer, tantas ideas de lo que tendríamos que estar haciendo que de pronto nuestro cuerpo nos dice BASTA. Puede parecer una locura, nuestro cuerpo debería estar cargado de energía para atender a todas nuestras necesidades, ¿no? Lo que ocurre aquí es que, cuando estamos tan divididos entre todo lo que nos queda por hacer, lo que estamos haciendo, lo que deberíamos haber hecho… hay una necesidad que se queda descolgada: parar.

Sí, parar es una necesidad. Lo que está haciendo nuestro cuerpo es darnos una vía de escape para la maraña de cosas que tenemos pendientes. Es como si nos estuviera mandando el mensaje de “o te relajas o yo no te ayudo”.

 

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La mente como un torbellino

Sí, seguro que si recordamos algunos momentos de estrés podemos visualizar fácilmente nuestra mente convirtiéndose en un torbellino de pensamientos. Suelto uno y engancho con otro. Empezamos a darles vueltas, van cogiendo fuerza y, de pronto, llega la desmotivación, la desilusión y claro… ¡el pesimismo!

Ya nada de lo que hayamos hecho sirve para conseguir cumplir esas expectativos sobre nosotros mismos. Esto no quiere decir que siempre que estés haciendo tareas o que estés estudiando para un examen tengas que estar dando saltos de alegría. Se trata, en cambio, de saber disfrutar de lo positivo que nos aporta estar haciendo esta actividad. Si estamos exigiéndonos a nosotros mismos ser capaces de terminar lo que hemos empezado, ¿por qué no disfrutarlo?

Cuando nuestra cabeza nos bombardea con la idea de ser perfectos. Cuando no paramos de pensar en que si conseguimos esto vamos a ser mejores. Cuando nos focalizamos siempre en el futuro y muy poco en lo que ya hemos conseguido… lo más normal es que no disfrutemos del presente.

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No disfrutar de lo que has conseguido con esfuerzo puede hacer que te sientas desanimado. Esto nos pasa porque tenemos la fea costumbre de vivir pensando en el futuro. Se trata de un gran error.

Ser capaces de reconocer que no podemos llevarlo todo a cuestas, de que no somos superhéroes repletos de perfección y energía, nos hará, paradójicamente, alcanzar muchas más metas sin tener que entrar en pánico si cometemos algún error.

Así que de ahora en adelante, cuando tengas que involucrarte en algo (en tu trabajo, en tu relación de pareja o con tus hijos, lo que sea) recuerda: errar es humano.

 

Trata de hacerlo lo mejor que puedas, da lo mejor que ti, pero disfruta del camino. Aprende de tus errores y si sientes que la situación te está desbordando… ¡pide ayuda!

 


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