Autoestima sana o ego deformado: ¿sabes la diferencia?

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Cuando las personas se ponen a hablar de sí mismas, por ejemplo durante una sesión de psicoterapia, es frecuente escuchar paradojas del tipo: “No, si yo tengo mucha autoestima pero oye, siempre me toman el pelo” o “Yo tengo una autoestima alta, vamos, menudo soy yo, pero soy incapaz de abandonar una relación que considero que es tóxica”. Y cosas por el estilo. Cuesta mucho darse cuenta de los matices que tiene nuestra compleja identidad. También de nuestras contradicciones.

Luego están los casos un poco más extremos, en los que el cine y la autoayuda no barata sino gratuita han hecho mucho daño: “Intento decirme cosas positivas a mí misma cada mañana cuando me miro al espejo, pero sigo sintiéndome mal”. Claro, porque si crees que eres fea no basta con que te digas que eres guapa para dejar de sentirte fea. De hecho, deja de decirte tonterías cuando te mires al espejo, probablemente te sentirás menos absurda (traducción políticamente correcta: te sentirás menos frustrada). Y luego ya hablaremos del resto de medidas (psicoterapéuticas) a tomar.

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Lo que nos demuestra todo esto es que existe una gran confusión en torno a lo que significa algo tan fundamental para nuestra salud como la autoestima.

¿Qué es la autoestima?

La autoestima es una parte de nuestra identidad que tiene que ver con la confianza en uno mismo y la confianza en los demás o, mejor dicho, en la opinión que los demás tienen de nosotros. Concretamente, es la medida en que una persona cree que merece ser valorada, atendida, cuidada o respetada. Es decir, no es tanto cuánto se quiere a sí misma sino cuánto cree merecer que los otros la quieran. 

Los problemas de autoestima están en el núcleo de muchas otras dificultades vitales

Alguien con una autoestima sana, es decir, que se siente bien consigo mismo, tiende a tener relaciones sociales -o simples interacciones- positivas y a afrontar de forma madura los conflictos cuando surgen. Tal cosa es posible porque tiende a tratar bien a los demás y eso, coloquialmente, permite que “se haga querer”. 

Por el contrario, alguien que trata mal a otros, con crueldad, despotismo o prepotencia, o que intenta manipularlos y sacar de ellos el máximo provecho en su propio interés, no está a gusto con la vida. Y si no está a gusto con la vida es que tampoco está muy satisfecho con su vida, consigo mismo. 

Por eso, una de las cosas en las que puedes fijarte para hacerte una idea de cómo anda alguien de autoestima es ver cómo trata a los demás. Esto en condiciones normales. En casos un poco más extremos alguien puede respetarse mucho a sí mismo y muy poco a los demás, pero no desde una estructura de personalidad adulta y sana sino desde el más puro narcisismo. Y no necesitamos poner aquí ejemplos de personas conocidas para cuyos egos no hay sitio ni aun ocupando todo el planeta, ¿verdad?

Una autoestima adecuadamente alta no es creer que todo es posible o que somos capaces de cualquier cosa. Siento arruinar la fiesta pero no, nadie es capaz de cualquier cosa sino solo de algunas cosas (aunque sean muchas). Y eso son buenas noticias, porque si asumes adecuadamente que no eres capaz de todo te ahorrarás mucha frustración, presión y responsabilidades que no te tocan. 

Una autoestima sana tampoco es carecer por completo de sentido del ridículo, ya que en la vida es importante saber diferenciar cuándo es el momento de hacer el payaso y cuándo toca inhibirse o ser más discreto. Confundir estos momentos o pensar que nunca pasa absolutamente nada por dar cualquier imagen de nosotros mismos no facilitará una adecuada adaptación social. Probablemente esto está más relacionado con una ausencia de límites necesarios, falta de respeto por uno mismo o, directamente, cierto grado de «asalvajamiento». 

Parece que, como ocurre con otros conceptos en psicología, no siempre está muy claro de qué hablamos cuando hablamos de autoestima. Por eso, hice la prueba y pregunté a tres amigas no psicólogas cómo detectarían que una persona tiene una buena autoestima. A su manera, cada una fue encontrando su propia definición de este constructo.

Test de autoestima para principiantes 

Una de ellas dijo que una persona con una autoestima adecuada “no ve nada como imposible, piensa que todo se puede conseguir”. Antes hemos echado un poco por tierra esta teoría pero no está mal como primera aproximación. En efecto, una persona que va bien de autoestima tenderá a ser alguien optimista y con confianza en sus posibilidades. Otra añadió “Una persona con buena autoestima enseña el cuerpo, aunque tenga celulitis”. Bien también, al fin y al cabo una persona con buena autoestima no se avergüenza (demasiado) de sus defectos físicos o psicológicos y se expresa con espontaneidad. 

También salió por ahí que una persona a la que le flaquea un poco la autoestima puede ser alguien más bien frágil o demasiado susceptible, con tendencia a llegar a conclusiones sesgadas sobre lo que se le dice: “Pueden recibir 100 comentarios sobre cosas positivas, pero si les dices algo mínimamente negativo -o que ellas lo perciban como tal- solo se quedan con eso”, o bien “son personas que necesitan oír constantemente que aquello les queda bien, que han hecho tal cosa bien, que son guapos, personas a las que les afecta mucho lo que puedan pensar los demás o las críticas”. 

Por último, las tres dieron en el clavo al detectar que la consecuencia inevitable de una autoestima madura y adecuada es la asertividad. De este modo, alguien con estas cualidades da valor a sus opiniones e intenta que sean tenidas en cuenta, sin miedo a que eso ocasione terribles consecuencias en la relación con la otra persona: “Una persona con buena autoestima se muestra vulnerable y sincera con respecto a sus emociones, mira a los ojos al hablar, no le importa decir no o sí, pero lo hace de todos modos porque pone sus límites como prioridad”.

La autoestima, por tanto, nos remite a un sentido de autonomía. Todos la construimos tomando como dos de los materiales principales las opiniones que los demás nos transmiten de nosotros y su manera de tratarnos. No obstante, al final se trata de no depender en exceso de la valoración ajena para valorarnos nosotros, sino haber incorporado y elaborado adecuadamente los mensajes externos (tanto positivos como negativos) y haber sido capaces de llegar a nuestras propias conclusiones positivas y a la vez realistas acerca de la persona que somos. Realista quiere decir que no nos pasamos de modestos y tampoco sobredimensionamos o deformamos nuestras cualidades. Por tanto, una autoestima sana es ajustada y certera. 

Cómo demostrar una alta autoestima 

Nuestra cultura ha favorecido que nos armemos un lío tremendo en cuanto a lo que es (y no es) la autoestima. Quien más, quien menos, hemos sido educados en la idea de que hablar bien de uno mismo es de mal gusto. ¿No te ha pasado nunca que, al mencionar las cosas que haces bien hay tres o cuatro amargados que intentan taparte la boca con un “Baja modesto” o “No tienes abuela”? Quienes lo hacen están confundiendo hablar bien de uno de manera ecuánime con vanagloriarse

Si la persona que indica sus cualidades positivas sin alardear en exceso de ellas, sino explicitando ajustadamente sus virtudes, recibe la acusación de no tener abuela seguramente podrá tirar de la siguiente gran virtud asociada a tener una buena autoestima y que ya hemos mencionado: la asertividad. De este modo podrá decir: “No soy una persona presuntuosa ni estoy fardando de nada, sino que estoy presumiendo de lo que tengo, es decir, indicándolo con realismo y -en este caso- satisfacción, ya que no hay nada de malo en enunciar en voz alta lo bueno que se tiene”. Callando bocas y sin despeinarse.  


Señalar nuestros propios defectos no es odiarnos, sino indicar que somos conscientes de nuestra parte menos brillante

No hay que olvidar tampoco que alguien puede alardear de ciertas virtudes y, sin embargo, no tener su autoestima en buen estado. En esta ocasión el dicho popular sí le pone en su sitio: “Dime de qué presumes y te diré de qué careces”. 

Señales de autoestima baja

Hay quien piensa que hablar permanentemente de los propios defectos es la virtud propia de las personas humildes o modestas. En realidad es tener una visión distorsionada de la autoestima: hablar permanentemente de lo mal que lo hacemos todo y nunca de las cosas que hacemos bien no es ser modesto, es odiarse.

Recuerda que una persona puede tener una autoestima muy sana y describirse a sí misma en términos humildes y modestos (en el mejor sentido de la palabra) sin por ello estar atacándose o menospreciando sus cualidades. Al contrario, puede estar haciendo una descripción ecuánime de lo que es y lo que no es. Y no pasa nada. 

Cuando indicamos con realismo nuestros defectos, carencias o equivocaciones no quiere decir que nos odiemos, sino que somos conscientes de nuestra parte menos brillante. Lo malo es que la gente suele entrar en pánico porque la tolerancia de la población general a oír cosas malas está bajo cero. Por eso, siempre hay más de un salvador que en esas ocasiones acude a nuestro rescate: “No seas tan duro contigo mismo”, “Bueno pero también tienes otras cosas, tampoco es eso, ¡qué vas a tener tú ese defecto! Para nada…”, y otras vendas pseudo-compasivas. 

La buena noticia es que, con paciencia, estas situaciones se pueden combatir. Basta con que te armes de tranquilidad y, simplemente, digas algo del tipo: “No estoy machacándome, estoy enunciando una carencia o un fallo, pero eso no quiere decir que me odie. Unas cosas las hago mejor y otras peor, y esta es de las que hago mal o que resultan menos atractivas. No pasa nada, no hay que asustarse por oírlo o porque yo lo diga, sigo queriéndome, no tengáis miedo. Otro día hablaremos de mis virtudes, que también las tengo”. ¿Te imaginas haciendo algo parecido a esto? Te aseguro que no es tan difícil y denota mucha madurez.

Como has visto, la gestión social de la autoestima tiene algunas aristas complicadas. Esto se debe a algo tan misterioso como que dos personas frente a un mismo estímulo nunca ven lo mismo. Ahora bien, si siempre que te miras ves algo que, en su conjunto, no te gusta o que te parece que tiene poco o ningún valor entonces es el momento de hacer un poco de trabajo personal. ¿Te lo habías planteado? Los problemas de autoestima están en el núcleo de muchas otras dificultades vitales aunque al principio no lo parezca. Los psicólogos estamos aquí para ayudarte con esas dificultades. 

Al final, se trata de aprender a verse a uno mismo con menos dioptrías o, al menos, con unas gafas cuyos cristales no deformen la realidad sino que estén suficientemente graduadas. No perfectamente, pero sí suficientemente. Unas gafas que te permitan ver los contornos de tu persona con nitidez, que te ayuden a percibir tus colores y tus formas de una manera que, dentro de tu subjetividad, te guste, una figura que te resulte bella y grata de ver. 

Imagínate que vas a una galería de arte y, al ver un cuadro, o una escultura, sientes que esa obra te alegra la mirada y te gustaría llevártela a casa y disfrutar contemplándola, independientemente de sus materiales o su tamaño. O, precisamente, gracias al conjunto de sus características. Tú puedes ser ese cuadro o esa escultura. Al fin y al cabo, en cierto sentido, la autoestima tiene que ver con el placer de estar contigo mismo.  

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