Autoestima en la adolescencia: ¿qué hay que tener en cuenta?

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La autoestima es un autorreferente, de hecho es uno de los más importantes. Esto quiere decir, explicado muy resumidamente, que es un componente muy importante de nuestra identidad. La mayoría de personas suelen definirla en términos que hacen referencia a valorarse positiva o negativamente a uno mismo o, de manera aún más simple, como “quererse a uno mismo”. 

Esto es cierto, por supuesto, pero no es del todo exacto: se trata de una explicación demasiado reducida. En realidad, en un sentido más técnico, la autoestima es la percepción que una persona tiene de que merece ser amada, valorada, cuidada, atendida, integrada, etc. por las personas que la rodean. 

A la hora de estudiarla es importante tener en cuenta su relación con dos de sus “parientes” más cercanos. Uno de ellos es el autoconcepto, la definición que cada persona hace de sí misma. El otro es la asertividad, que es la capacidad para exponer los propios puntos de vista ante otra persona respetando los del otro. A modo de síntesis, podríamos decir que la autoestima es la valoración favorable o desfavorable que hacemos de nuestro autoconcepto. Cuanto más sana sea, más capacidad tendremos para expresarnos y reivindicarnos sin necesidad de avasallar a otros ni dejarnos avasallar por ellos.

Cambiar la autoestima

¿Nuestra autoestima puede cambiar? En parte sí y en parte no. Algunos contenidos de la autoestima, tanto positivos como negativos, tienen sus raíces en aprendizajes muy profundos, inconscientes y antiguos en el tiempo. Esto no siempre se puede modificar, en parte va a estar ahí siempre. No obstante, todos los seres humanos tenemos cierta flexibilidad, evolucionamos, cambiamos, maduramos y eso incluye también a la manera que tenemos de definirnos, valorarnos y reivindicarnos. 

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Pensemos también que, aunque hablamos de la autoestima en singular, en realidad esta dimensión tiene diferentes partes. Tenemos diferentes autoestimas, en relación a diferentes aspectos y facetas de nuestra identidad, ya sean facetas más nucleares y definitorias de la persona que somos o facetas más periféricas. 

No debemos caer en el cliché de que todos los adolescentes son difíciles y huraños. Hay personas encantadoras y vitalistas a cualquier edad

En ese sentido, unas “autoestimas” se compensan con otras de modo que, aunque nos valoremos negativamente en algunos aspectos, lo más probable es que nos tengamos en buena estima mientras nos valoremos lo suficientemente bien en otros. 

La autoestima de los adolescentes

Aunque no siempre ha sido así a lo largo de la historia, en la actualidad la adolescencia es una etapa del desarrollo muy larga. Una de sus características es que el adolescente tiene que manejar la tensión de no ser un niño pequeño, sino alguien que se parece mucho a un adulto y de hecho tiene que ir poco a poco “ensayando” la vida adulta, pero sin tener todavía todas las responsabilidades ni capacidades de un adulto real. 

Esta situación descoloca mucho al adolescente, porque muchas veces no sabe a qué atenerse, y también puede generar confusión en sus educadores, principalmente a sus padres, porque muchas veces surge la duda de cómo relacionarse con él o hasta qué punto exigirle.

Al contrario de lo que sucede en la infancia -donde prima mucho la referencia de los padres-, otra característica del adolescente es que la influencia de los iguales pasa a un primer plano. Este factor es fundamental a la hora de definirse a uno mismo durante esos años, por ejemplo como miembro de un grupo, es decir, como alguien “aceptable”, “digno de venir con nosotros y ser de los nuestros”. Definirse así depende, obviamente, de la medida en que el adolescente es aceptado y validado o, por el contrario, menospreciado y dejado de lado o, en el peor de los casos, acosado. Además, tiene una enorme influencia en el fortalecimiento de una sana autoestima y, por supuesto, en el establecimiento de habilidades sociales. 

En tercer lugar, no podemos obviar la influencia que tienen en la adolescencia los cambios psicológicos y, por supuesto, físicos, a gran escala y a veces en cortos periodos de tiempo. Esto es crucial a la hora de construir la propia autoimagen (la imagen que alguien tiene de sí mismo, que estaría dentro del autoconcepto) y configurar un tipo u otro de autoestima. 

Si el adolescente percibe que su cuerpo sigue siendo armonioso, bello y valorado por sus iguales (no por sus padres) independientemente de los cambios que estén teniendo lugar, eso favorecerá su autoestima y su seguridad en sí mismo. Si, por el contrario, el adolescente percibe que su cuerpo no es “adecuado” o sus iguales se lo hacen notar, irá desarrollando un sentimiento de vergüenza que no va a favorecer el fortalecimiento de su autoestima. Con este ejemplo también queda claro que las fronteras entre el autoconcepto (cómo me defino) y la autoestima (cómo me valoro) son a menudo borrosas. 

Por tanto, a modo de resumen, podríamos subrayar estos tres aspectos cuando hablamos de la autoestima de los adolescentes: la tensión entre querer ser adulto pero todavía no serlo, la importancia capital de los feedbacks que los iguales le envían y la influencia de la autoimagen, principalmente en cuanto al físico.  

Detectar problemas de autoestima

En condiciones normales puede ser difícil de determinar, ya que muchos adolescentes son personas perfectamente normales pero ofrecen una imagen de retraimiento o de inestabilidad que, dentro de ciertos márgenes, es completamente normal: la adolescencia es “ir probando” en muchos aspectos. También es frecuente que, fruto de esas características, se muestren de mal humor sin que por ello haya que preocuparse. 

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No obstante, es interesante fijarse en su estado de ánimo, en cómo se relacionan tanto con los adultos como con sus iguales. También en cómo hablan de sí mismos y qué relación tienen con su cuerpo: a veces basta con fijarse en la ropa que usan, si se exhiben más o, por el contrario,  hacen lo posible por esconderse detrás de su ropa o su pelo. Por otro lado, conviene fijarse en cómo hablan de sus intereses y de las cosas que les gusta o les apetece hacer: ¿lo tienen claro?, ¿hay entusiasmo o iniciativa?, ¿les apetece hacer cosas, tienen amigos, están aislados, se comportan adecuadamente? 

Aunque no es lo habitual, existe un claro indicador de que un adolescente no tiene autoestima sana, bien porque es demasiado alta o porque es demasiado baja: tratar mal a los demás. Una persona que está a gusto consigo misma en un nivel sano y maduro no maltrata ni verbal ni físicamente a otros de manera sistemática, no se convierte en un acosador o en una persona cruel o poco respetuosa. Al contrario, tiende a tratar bien a otros, a estar a gusto con ellos. 

Independientemente de cómo trate a las personas de su alrededor, también hay que fijarse en el buen/mal comportamiento en general del adolescente. Es decir, si cumple las normas y si se responsabiliza de lo que hace. Si vemos que un adolescente sistemáticamente se comporta mal -lo cual no siempre quiere decir que acose a otros- hay que tomar nota y ver qué está pasando, leyendo mensaje hay detrás de ese patrón.

El papel de los padres en la autoestima del adolescente

Es obvio que las críticas y comentarios de los padres influyen mucho en el desarrollo de la autoestima de sus hijos. Lo hacen de una manera u otra en función  del tema al que apuntan y con qué talante y frecuencia estén expresadas. La opinión de los padres siempre es importante cuando se es niño (un adolescente es un niño en muchos aspectos), pero no siempre es determinante. 

Si los padres hacen una crítica negativa al adolescente pero referida a un tema que a este le trae sin cuidado, lo más probable es que eso no tenga ninguna influencia en su autoestima. Si, por el contrario, le dan donde más le duele, entonces sí hará mella, sobre todo si insisten una y otra vez en ello. 

En efecto, no es lo mismo hacer críticas puntuales que estar permanentemente machacando al hijo, lo que en términos psicológicos llamaríamos “invalidar” al hijo, tal y como hacen los padres hipercríticos y/o muy autoritarios. Este estilo de crianza crea mucha hostilidad entre padres e hijos y, además, mucha inseguridad en el adolescente. Toda persona, especialmente cuando se está formando, necesita que se le indique lo que hace mal, pero también necesita referentes de lo que hace bien, ya sea en su desempeño personal o en sus cualidades más espontáneas, para sentirse a gusto consigo mismo. 

Por otro lado, hay que tener en cuenta que no es lo mismo una crítica constructiva, aunque duela o “pique”, que una crítica poco asertiva, es decir, hecha con malicia u hostilidad abierta. Criticar no debe convertirse nunca en un ataque despiadado o gratuito. 

Influencia de las redes sociales en la autoestima

Los adolescentes no son robots insensibles, así que no parece muy útil pretender que lo que hacen en sus redes sociales no les afecte. Estas herramientas comunicativas tienen que afectarles psicológicamente, como todo en la vida. Otra cosa es cuánto les afecten para bien y cuánto para mal. Esto dependerá del adolescente en cuestión, de lo fuerte de su personalidad (que está en construcción), su madurez y su carisma. Por supuesto también del uso que haga de las redes sociales, lo cual incluye procesar los mensajes que otros le envían, es decir, las interacciones. 

Evidentemente una red social como por ejemplo Instagram, basada en la imagen y en un relato hiperparcial de la vida de las personas, es a priori una bomba de relojería para alguien inmaduro por definición, como un adolescente medio. Sin embargo, no tiene por qué tener necesariamente una influencia negativa, siempre que las fotos que se compartan sean adecuadas, que se sepa diferenciar entre lo que hay que contestar y lo que hay que dejar pasar sin entrar al trapo y que se tenga la asertividad suficiente como para llevar a cabo esto de una manera correcta.. 

En definitiva, si el adolescente es consciente de cómo funciona cada red social, sabe manejar sus códigos, sabe distinguirlos de la vida analógica y da prioridad a esta en lugar de a lo que sucede en las redes, en principio no hay por qué temer consecuencias demasiado graves para su autoestima

Cómo reforzar la autoestima de los hijos adolescentes

Independientemente de su edad, toda persona necesita ser escuchada, aceptada, validada y protegida. Este es el punto de partida, especialmente si somos padres y educadores. 

En el caso de los adolescentes, hay que tener en cuenta que -aunque a veces nos saquen una cabeza de estatura y sepan hacer recados muy diversos- todavía son personas frágiles y dependientes de los adultos en muchos aspectos. También debemos recordar que su vida es muy ambigua: se parece a la de los adultos pero sin contenido, ya que aún no les ha dado tiempo a vivir experiencias y, además, tienen unas responsabilidades muy difusas, fruto de esa naturaleza híbrida que los coloca entre infancia y adultez

Debemos armonizar los elogios sobre el físico con los dirigidos a la personalidad para favorecer una construcción armónica de la autoestima

Esto genera peculiaridades a la hora de relacionarnos con ellos y educarlos. Los niños, también los adolescentes, necesitan seguridad y esta no se da ni diciendo a todo que sí, adulando o sobreprotegiendo. Tampoco se da diciendo a todo que no, atacando o castrando psicológicamente, ya que eso no les proporciona herramientas para manejarse con los aspectos negativos de la vida. 

1. Pautas básicas a tener en cuenta

Como toda personas, el adolescente necesita espacio para autodefinirse pero con límites. Es decir, no pasa nada si te pintas el pelo de azul -aunque a mí me horrorice- pero no puedes llegar a casa a las dos de la mañana por mucho que disfrutes estando con tus amigos. 

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El adolescente necesita normas coherentes con sus circunstancias: es absurdo tratar a una persona de 16 años como si tuviera 10, y esto vale para los premios, los castigos y la exigencia de responsabilidades. Por último, el adolescente necesita percibir que puede estar en su burbuja de intimidad (hasta un punto, porque hay que relacionarse) pero que sus padres siguen ahí, actuando como padres, protegiendo y marcando las pautas de la vida cotidiana. 

2. Observar al adolescente en su peculiaridad

Aunque resulte tentador, cuando observemos a los adolescentes de nuestro entorno no debemos caer en el cliché de que estos “adultos en proyecto”  son siempre una especie de setas hurañas y malhumoradas que se encierran en su cuarto y odian a todo el mundo. 

Es cierto que hay adolescentes así e incluso nosotros mismos podemos recordarnos de esa manera en algunas épocas de nuestra propia adolescencia. Sin embargo, también hay adolescentes abiertos, encantadores y vitalistas. Existe gente muy interesante y agradable en cualquier franja de edad. Como padres hay que estar ahí, compartiendo tiempo, conversando, sugiriendo, opinando constructivamente. Si esto se sabe hacer resulta muy educativo para ellos pero sobre todo muy útil para los adultos, ya que les permite conocer mejor a la persona real que tienen delante.  

3. Potenciar las cualidades del adolescente

En la misma dirección, hay otra cosa que favorece mucho la autoestima de cualquier adolescente: detectar sus cualidades y talentos y resaltárselo explícitamente, potenciándolo cuando se pueda o apetezca. De nada le servirá enterarse con 40 años de que siempre le has visto guapo/listo/capaz/simpático si no se lo has dicho nunca. Él/ella necesita oírlo ahora. 

No es necesario convertirse en un padre baboso y pelota, basta con que te comportes con naturalidad. Y es que, como en cualquier relación humana, lo bueno hay que decirlo, pero con autenticidad y sinceridad, no desde la adulación o sin creérnoslo, porque se nota. Los adolescentes son niños, pero no son tontos, de hecho algunos son tremendamente inteligentes y mucho más que sus padres, lo que les permite captar cuándo estos los halagan de mentira. 

Al destacar el valor de sus cualidades conviene combinar tanto aspectos que se refieran al físico como aspectos que se refieran a su personalidad o sus cualidades psicológicas. Al que es muy listo le gustará que se lo digan, pero también le gustará saber que es guapo y que no solo sirve para leer. Y al que es guapo le encantará saberlo y lo necesita, pero también le hace falta percibirse como algo más que una cara bonita

Muchas veces el adolescente está inseguro sobre sí mismo. Esto no quiere decir que viva atormentado permanentemente, pero sí que vive con inseguridades. Por eso, para forjar una autoestima más o menos armónica, necesita saber que es bello por dentro y por fuera, no solo por una de las dos partes, aunque siempre será mejor rescatar cosas solo de una faceta que de ninguna, claro está.  

En resumen, la adolescencia no es una etapa fácil aunque muchas personas la sobrellevan de una manera saludable. A otras, desafortunadamente, les ha dejado más de una marca. Si es tu caso no es necesario que te conformes con arrastrar esas “heridas de guerra”, puede que un proceso terapéutico te ayude a entender mejor qué ocurrió para que, desde el adulto que eres ahora, puedas vivir con ello sin que cause tanto daño. Plantéatelo y no dudes en consultar con nosotros. Los psicólogos estamos aquí para ayudarte. 

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