Autoconcepto: ¿quién eres tú?

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Como su mismo nombre indica, el autoconcepto es literalmente el concepto que tenemos de nosotros mismos. Es decir, en qué términos nos definimos, qué características consideramos que nos definen, qué idea tenemos de lo que somos o de quiénes somos. El autoconcepto tiene que ver, por tanto, con la identidad, es decir, quién creo yo que soy, qué «cosas» creo yo que soy, aunque no es exactamente lo mismo, ya que la identidad sería algo más amplio.

Autoconcepto y autoestima

Ambos forman parte de nuestra identidad y están muy vinculados entre sí. En términos muy coloquiales podríamos decir que la autoestima es la valoración positiva o negativa que hacemos de las características incluidas en el autoconcepto. En este sentido, la autoestima es el resultado del juicio que hacemos sobre qué nos gusta y qué no nos gusta de nosotros mismos.

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No obstante, en realidad la autoestima es algo más profundo que eso, es más complejo -psicológicamente hablando- de lo que normalmente en el lenguaje de la calle se reduce a “quererse o no quererse a uno mismo”. En realidad, en sentido estricto, la autoestima es la percepción que una persona tiene de merecer ser querida o no. Donde dice “querida” no hay que entender solo en un sentido “romántico”, sino con un significado más extenso: la percepción que una persona tiene de merecer valorada, validada, reconocida, cuidada, integrada, aceptada, etc. Otra manera de explicar esto mismo sería que esta percepción de merecimiento tiene que ver con la expectativa que tenemos de que los demás vayan a querernos: si yo creo que soy valioso, es decir, si mi autoestima es razonablemente alta, creeré que los demás van a considerarme de la misma manera y eso me permite ir por la vida con seguridad, confianza y positividad.

En la realidad de nuestro mundo interno, autoestima y autoconcepto existen a la vez, aunque aquí los estamos separando para poder analizarlos con mayor claridad. Al hacerlo, podemos observar áreas de cada uno de estos dos autorreferentes que están muy diferenciadas. Por ejemplo, si yo digo “Mido 1’70” estoy hablando claramente de una característica de mi autoconcepto, sin entrar a valorarla: medir 1’70 es un hecho objetivo, que me define, independientemente de si eso me gusta más o menos, en cuyo caso entraríamos ya en la autoestima. Pero si digo “Soy una persona estupenda” en realidad estoy hablando tanto de autoconcepto como de autoestima a la vez, ya que ser una persona estupenda es algo que yo considero que me define (autoconcepto) pero incluye una valoración, un juicio, en este caso positivo (autoestima).

El autoconcepto nace de una interacción constante entre materiales externos e internos

Por otro lado, también pueden darse paradojas. Yo puedo decir “Soy feo, mi cara es un cuadro… y no pasa nada, eso no me hace sentir mal, me encanta mi cara, es diferente y especial y me da personalidad”. Es decir, que no siempre una valoración negativa sobre una característica implica necesariamente una mala autoestima respecto a ese tema.

Autoconcepto rico, autoconcepto pobre

A menudo se habla de personas con un gran “mundo interior”, polifacéticas o complejas. En otros casos hablaríamos de personas con un autoconcepto pobre, bien sea porque tienen poca capacidad de introspección y reflexión sobre sí mismas, por rigidez, por bajo nivel cultural, por tener una personalidad más endeble o inmadura, porque son lo que en el lenguaje de la calle se llama “simples”, etc.

Imaginemos que hago una lista sobre aquellas características que me definen, que indican algo de lo que soy o de quién yo soy. Si la lista tiene 4 elementos en lugar de 40, parece que ese autoconcepto no es muy amplio, no es muy rico. Por otro lado, si la lista tiene 40 características pero que solo hablan de una o dos facetas (por ejemplo, el aspecto físico, o la profesión) tampoco parece un autoconcepto muy rico. En ambos casos quizá sería interesante aguzar un poco más la mirada sobre nosotros mismos, ser más observadores, para poder detectar más características, reconocer a la persona compleja que somos y no reducirla a cuatro cosas o a las cuatro cosas de nosotros mismos que nos han enseñado que somos, que hemos aprendido que somos y que vamos repitiendo una y otra vez como si fueran la única verdad sobre nosotros.

Conviene hacerlo, además, porque si tengo un autoconcepto pobre pero bien valorado puede que no ocurra nada, pero si hay pocas cosas que me definen y encima yo les doy poco valor, o los demás empiezan a darles poco valor, entonces seguramente me hundiré, porque he puesto todos los huevos de mi autoestima en la misma cesta y la cesta se ha roto.

Por ejemplo: si yo solo me defino en términos profesionales eso puede funcionarme mientras yo trabaje y siempre que tenga una buena consideración de mí mismo como trabajador, o la tengan los demás. Sin embargo, el día que me jubile voy a “desaparecer”, voy a dejar de ser alguien valioso y eso puede resultar desolador. Lo mismo ocurre si solo me considero a mí mismo en términos físicos: ¿qué pasa si eso no se valora bien? ¿qué pasa si por alguna razón empiezo a perder mi éxito como persona físicamente atractiva y deseable? Que “todo yo” estaré mal, desapareceré, pero por una visión distorsionadamente simplista de la persona que soy.

La mirada constructiva del otro

¿Conformamos el autoconcepto a través de lo que piensan los demás de nosotros? Naturalmente. Nuestra identidad -que incluye tanto al autoconcepto como a la autoestima- parte de lo que, desde bebés y en adelante, quienes nos rodean nos dicen que somos. Eres un hombre, eres español, eres guapo, eres malo, eres un buen amigo, no vales para el deporte, eres mi hijo, eres el mayor, serás importante, irás a la universidad, etc. Más tarde ese “edificio” ya se va enriqueciendo con el resto de experiencias de la vida y con cómo cada uno vamos elaborando todas esas influencias: todos nos alimentamos de lo que viene de fuera pero lo elaboramos con nuestras herramientas particulares, tenemos una voz muy importante en nuestro autoconcepto, por supuesto. Es decir, nuestro autoconcepto es el fruto de una constante interacción de material externo e interno.

En definitiva, para llegar a una conclusión sobre quiénes somos nos influye muchísimo lo que nuestras familias, amigos, profesores, parejas, compañeros de trabajo nos dicen que somos. A veces puede haber un gran consenso al respecto a través del tiempo o entre diferentes personas de nuestro entorno. Otras veces las diferentes personas de nuestra vida tienen diferentes ideas de quiénes somos o cómo somos y nos las transmiten. Es normal y deseable que existan esas controversias -sería terrible que todos nos dijeran que somos horribles y no contáramos con ninguna opinión externa alternativa. Nunca somos exactamente “la misma persona” con todo el mundo, tenemos diferentes roles en nuestra vida y también vamos modificando nuestro comportamiento y, de ahí, también nuestro autoconcepto.

Es importante tener en cuenta que hay parte del autoconcepto -o de la identidad, si se prefiere- que cambia con el tiempo mientras que otra permanece estable a lo largo de la vida. Por ejemplo, yo siempre voy a considerarme de una identidad de género concreta, siempre me voy llamar con mi nombre (a no ser que me lo cambie y decida que a partir de tal día seré la persona que ahora se llama así), siempre voy a ser de un lugar concreto (el sentido de pertenencia a un lugar puede variar, obvio, pero en general es relativamente estable), pero igual que durante una época fui profesor ahora ya no lo soy, soy un jubilado, o antes no era padre y ahora sí. Unas facetas cambian mientras que otras permanecen total o relativamente estables a lo largo del tiempo.

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