ansiedad en el trabajo como te afecta

Ansiedad en el trabajo: ¿sabes cómo te afecta?

La ansiedad en el trabajo puede convertirse en un obstáculo para mejorar la productividad laboral, especialmente cuando la normalizamos y no la prevenimos. 

Cuando hablamos de ansiedad nos referimos a un patrón de activación fisiológica relativamente elevado, normalmente asociado a una experiencia estresante o amenazante y que va acompañado de pensamientos, conductas y emociones relacionados con esa sensación de miedo, sobrecarga o sobreexcitación negativa. 

Por tanto, en la ansiedad la vivencia emocional está relacionada con el miedo, que normalmente se percibe como una sensación de inseguridad o vulnerabilidad. 

Eso puede deberse a un estímulo o situación determinados, localizables y fácilmente identificables. También puede tener una forma más difusa y recurrente en el tiempo, sin estar asociada a nada en particular, sino simplemente a la vida tal y como es. Por ejemplo, cuando en el trabajo las personas perciben que no es que pase nada en particular estos días o semanas sino que siempre es así, es el clima laboral general o la manera habitual de funcionar, asociado a prisas, tensión, alto nivel de exigencia o incertidumbre constante y mal gestionada.

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Ansiedad en el trabajo

Cómo respondemos ante los síntomas de la ansiedad en el trabajo 

El miedo y sus múltiples derivados es una emoción natural y necesaria para la vida. Su función es advertirnos de la existencia de un peligro y preparar a nuestro organismo para poder hacerle frente. Las respuestas básicas ante el miedo, es decir, ante la percepción de una amenaza del tipo que sea para nuestro bienestar, son dos: huida o ataque.

La huida como respuesta ante el miedo 

La huida puede tener varias formas: la más común es alejarse del escenario, es decir, aumentar la distancia respecto a la fuente de amenaza, respecto a lo que nos está generando malestar, ansiedad, etc. Por ejemplo: cuando el ambiente en la empresa es insostenible y detecto que se va a poner peor, si tengo una alternativa me marcho (con las consecuencias positivas y negativas que eso pueda tener para la empresa o para mí). O bien: tengo que hablar con el jefe pero me da miedo cómo vaya a reaccionar y me pone nervioso afrontar esa situación, por lo tanto evito en la medida de lo posible llamar a su puerta y tener esa conversación (al precio de que el asunto se queda sin resolver). 

Otra manera de huir de un peligro es esconderse, ponerse de lado, para que la amenaza pase de largo sin que yo tenga que hacer muchas renuncias. Una manera sofisticada de esconderse es inhibirse, no exponerse, no hacerse visible, no manifestarse. Esto puede aportar seguridad al trabajador que siente que su bienestar psicológico se está viendo amenazado pero, por otro lado, tampoco es bueno para él ni tampoco para la empresa: hace que desciendan la creatividad, la proactividad, la iniciativa y la acción. Inhibirse es un movimiento de protección hacia dentro, una manera de escudarse, que sería lo contrario a enfrentarse abiertamente a la amenaza y, por tanto, quedar expuesto a un posible daño pero también a hacerse valer. Por ejemplo: veo que el ambiente de trabajo está enrarecido así que no voy a opinar, no voy a implicarme, no voy a dejarme ver, no voy a preguntar qué hay de lo mío, no vaya a ser que empeore las cosas, mejor me centro en mi tarea lo justo y que no se note que estoy aquí.

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El ataque como respuesta ante el miedo 

La otra respuesta básica ante un peligro es atacar. No se trata de un ataque ofensivo sino  defensivo. Como su mismo nombre indica, tiene una función protectora, en este caso preventiva: veo el nubarrón, tomo aire y me enfrento, me adelanto a los acontecimientos, tomo el control, destruyo antes de que me destruyan, lanzo una advertencia, me reafirmo con intensidad en mi posición. 

Esto no es gratuito: tiene detrás una enorme tensión emocional y física, un gran gasto de energía y un riesgo para las relaciones interpersonales. Aunque parezca que sale solo, en realidad ocurre porque no estamos relajados -sino que nos hemos activado, estamos ansiosos- y es una respuesta que no puede hacerse si nos relajamos: requiere que sigamos activados, en tensión. Nadie puede afrontar las tareas de la vida ni defenderse sin un grado mínimo de tensión, activación o ansiedad. El problema es cuando ese grado es excesivo o incoherente con la situación. 

Los riesgos de un nivel de ansiedad excesivo en el lugar de trabajo

Los que acabamos de analizar son los dos patrones básicos de respuesta ante el miedo, que es la emoción principal asociada a la ansiedad, incluyendo la ansiedad en el trabajo. 

Como acabamos de decir, es importante recordar que cierto nivel de ansiedad, es decir, de activación fisiológica, cognitiva y emocional, es imprescindible para que podamos pensar, comunicarnos, ejecutar tareas. Si estamos demasiado relajados, incluso adormilados, sin “tensión” en el cuerpo y en la mente, no podemos resolver las tareas de la vida diaria, tampoco las del trabajo. 

Es en ese punto óptimo de tensión, de activación, cuando mejor actuamos, cuando mejor podemos pensar, analizar y decidir. Esto hace que sea más probable que, a la hora de pasar a la acción, actuemos de la mejor manera, de la más coherente con la situación. 

Por tanto, aunque lo que sentimos frente a una amenaza -o fuente de desequilibrio- es desagradable, es imprescindible que nos pongamos en alerta, nos preocupemos y nos pongamos en tensión para poder hacer frente a eso que tenemos delante. 

Consecuencias de la ansiedad cuando trabajamos

La activación es necesaria para adaptarnos a la vida. No obstante, eso no justifica que los lugares de trabajo sean junglas de mal ambiente, donde los empleados tengan que estar siempre hipervigilantes y con una espada pendiendo sobre ellos para que se trabaje bien. De hecho, hay que tener cuidado con eso porque no es saludable. También hay que tener cuidado con esa creencia de que “Yo trabajo mejor, o rindo mejor, cuando estoy bajo presión” porque no parece un método muy eficiente a largo plazo para el bienestar del trabajador y la productividad de la empresa. 

En este sentido, si la activación física de los trabajadores sube demasiado, acompañada de una gran activación emocional (inquietud, tensión, preocupación, miedo…) entonces van perdiendo progresivamente lucidez en su procesamiento de la información: interpretan erróneamente los estímulos, lo cual les hace dar respuestas inadecuadas, toman decisiones mal meditadas, tardan más en ejecutar una única tarea porque empiezan a comprobarlo todo una y otra vez o a rehacerlo y su rendimiento y productividad se resienten

Explicado de otra manera, si tenemos la percepción de que, hagamos lo que hagamos, vamos a recibir un feedback negativo, o percibimos que no acabamos de captar bien las instrucciones que nos dan, o que siempre se ponen en cuestión nuestras decisiones, eso nos va a poner en un estado de nerviosismo no beneficioso para la tarea, porque nos desmotiva y nos impide tener una perspectiva adecuada sobre los pasos que vamos dando. 

Existe otro área que también puede verse perjudicada por un inadecuado nivel de ansiedad en el trabajo: las relaciones interpersonales. Las personas que experimentan un nivel de ansiedad demasiado elevado de manera recurrente tienden a transmitir una imagen de preocupación, de que algo va mal en ellas o en el entorno, lo cual puede incomodar o transmitir esa inquietud a los demás innecesariamente, en lugar de contribuir a un clima de sosiego y bienestar. 

Además, estas personas son más reactivas: “saltan” más fácilmente, porque están en tensión, más susceptibles o sensibles. Necesitan de manera más recurrente la validación externa porque no se sienten suficientemente seguras de lo que hacen o bien se aíslan si perciben que son los compañeros quienes pueden suponer una amenaza contra ellas. 

Ansiedad en el trabajo

La interacción cobra entonces la forma de  desconfianza, susceptibilidad y dificultades para una cooperación óptima. Por su parte, los compañeros pueden percibir en ellas una falta de solidez: son personas que se sienten inseguras y que, por tanto, tienen más dificultad para transmitir seguridad y confianza a los demás. 

Esto puede llegar a disminuir el número de tareas que se les encomienda o el nivel de responsabilidad asociado a las mismas, lo cual no es bueno ni para el equipo ni para el individuo en particular, porque hace que no se utilice todo el potencial que tiene esa persona. 

Un elevado nivel de ansiedad en el trabajo, sostenido en el tiempo, puede llegar a ser considerado un problema de salud mental, además de generar un perjuicio importante en la salud física. Es cierto que los líderes y responsables de recursos humanos no pueden influir profundamente en la personalidad y el estilo de afrontamiento que tienen los miembros de la plantilla. Sin embargo, sí pueden influir en la cultura empresarial, el clima emocional que se respira en la empresa, la cohesión del equipo a través del fomento de relaciones de confianza y los estilos de coordinación y liderazgo saludables que sirvan de modelo para el conjunto de miembros de la plantilla. 

Por eso es tan importante detectar malas prácticas en cuanto a la ejecución y funcionamiento de las tareas pero también en cuanto a factores de tipo psicosocial que puedan estar influyendo negativamente en el nivel de estrés y ansiedad de los trabajadores: no para hacer que el estrés y la ansiedad desaparezcan del todo, dado que eso no es posible ni necesario, pero sí para que no alcancen de manera recurrente niveles que sean perjudiciales para la salud de los trabajadores y, por tanto, para la productividad de la compañía. 

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