4 maneras que la ansiedad encuentra para visitarte

Por Rafael San Román Rodríguez
Publicado 07 de julio de 2017

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“Tengo miedo a que me deje mi pareja. Cuando me viene ese miedo no pienso con claridad, digo tonterías, hago lo que no debo, me vuelvo más impaciente e irascible. Si lo pienso, es como si siempre estuviera preocupada por meter la pata o por lo que sucederá con nosotros en vez de estar pendiente de otras cosas. Y luego, al final, o bien he sufrido para nada o, efectivamente, acabo provocando con mi ‘torpeza’ aquello que pretendía evitar”.

 

“Siempre que tengo que examinarme de alguna manera lo paso fatal. No mal, ¡fatal! Ya me ocurría en el colegio, y luego en la universidad. Ahora me ocurre cada vez que tengo que hacer una entrevista de trabajo. Sudo, aunque no haga calor, se me cierra la garganta y mis labios se secan como si estuviera en el desierto. No hago más que notar que me tiembla la mano y que la voz también me sale temblorosa. Me horroriza pensar que la persona que tengo enfrente lo está viendo y eso hace que me encuentre aún peor. Creo que empiezo a sudar ya desde antes de llegar”.

 

“No sé qué me pasa, mi vida es muy normal, todo va más o menos bien, pero siempre voy corriendo a todas partes. No es que tenga prisa, pero siempre quiero hacerlo todo cuanto antes, me impaciento en las escaleras del metro o en la cola del supermercado. Siempre estoy dándole vueltas a la cabeza, como si todo fuera una preocupación, intentando encontrar la mejor manera de hacer cualquier cosa, desde lo más estúpido hasta la actividad más compleja. Llego a angustiarme cuando no doy con la manera de que todas las piezas encajen para que todo salga perfecto. Cuando llego a la cama no importa lo cansada que esté: me cuesta muchísimo dormirme, tengo la cabeza como un bombo”.

“Me levanto y solo de pensar que tengo que meterme en el metro ya me agobio. Desde que me dio aquel ‘chungo’ el mes pasado al entrar al vagón y que casi me da otra vez la semana pasada no soporto la idea de tener que montarme. Hacerlo es un sufrimiento y creo que voy a dejar de utilizarlo y voy a ir andando al trabajo. Ya está. De hecho, llevo varios días esquivando el metro. Tampoco voy a coger el autobús, ¿y si me da el chungo ahí también? Estos días hace un calor del infierno y me va a costar casi una hora el llegar andando desde mi casa hasta la oficina, con lo que tendré que levantarme antes, pero lo prefiero. Me molesta incluso pasar por la boca de metro. Es hacerlo y me vuelve todo a la cabeza. Hasta que no he avanzado unos metros, no se me relaja el estómago, lo siento como apelmazado”.

 

Son solo cuatro ejemplos pero todos tienen un denominador común: estas cuatro personas sufren ansiedad. Por diferentes motivos y en diferentes situaciones, pero todas sufren una activación de su organismo que va más allá de lo útil y lo necesario y que está empezando a provocarles dificultades más o menos graves en su día a día. Hay muchos más ejemplos, probablemente tú ya tengas alguno en la cabeza.

Unas personas tienen mayor capacidad que otras para relajarse y llevar sus vidas sin ver por todas partes una amenaza excesiva. Si tú eres de esas personas a las que le cuesta, o que ya empieza a estar en apuros por no haber aprendido todavía a regularse, es importante que tomes cartas en el asunto cuanto antes. Acude a un psicólogo, analizad juntos las causas de lo que te ocurre y deja que ese profesional te enseñe estrategias para que puedas convivir mejor con las preocupaciones de tu vida cotidiana. Los psicólogos trabajamos cada día con la ansiedad y estamos preparados para ayudarte, ¿te apetece intentarlo?


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