4 conclusiones del confinamiento con las que no te identificas

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El que no se consuela es porque no quiere y siempre hay quien experimenta grandes revelaciones interiores como consecuencia de los acontecimientos. El confinamiento ha supuesto para muchos esa fuente de epifanías, dando lugar a una especie de teología social de bajo nivel, materializada en frasecillas que vamos soltando aquí y allá, con la expectativa de conseguir el asentimiento colectivo y sentirnos más arropados en la desgracia o, acaso, en la incomodidad.

A fuerza de ser repetidas, es decir, a fuerza de asentimiento, esas frasecillas van mutando poco a poco en verdades asumidas. Sin embargo, también despiertan la perplejidad de aquellas personas que, para bien o para mal, no se sienten identificadas con ellas.

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Examinémoslas con mayor detenimiento.

1 Qué felices éramos y no lo sabíamos

Falso: no éramos tan felices, solo vivíamos más cómodos y más libres en algunos aspectos -e igual de incómodos y esclavizados que ahora en otros. O dicho de otro modo: ¿tú eras feliz y no lo sabías?, ¡habla por ti!: yo sí sabía lo feliz que era, así que no me he llevado ninguna sorpresa cuando he dejado de serlo.

El tema ha dado de sí en la prensa sobradamente, no cabe duda de que la pandemia por Covid-19 será recordada, entre otras cosas, como la nueva edad del oro del subgénero periodístico de opinión. Por ahí tienes Éramos felices y no lo sabíamos, la columna de Íñigo Domínguez publicada en El País el 19 de marzo: una crónica entre humorística y melancólica sobre la pérdida de la felicidad (o el descubrimiento de la pérdida de la felicidad) durante los primeros días tras la declaración del Estado de Alarma. Si quieres dar un salto en el tiempo y observar la visión opuesta, échale un vistazo a Vaya turra con la felicidad: cuánto durará eso de que no lo sabíamos, de Juan Tallón, publicado el 28 de junio en Uppers.es.

Habla por ti: yo sí sabía lo feliz que era, no lo he descubierto con el confinamiento

El tema da de sí no solo porque, como apunta Tallón, la felicidad siempre luzca con brillo de neón en la industria del contenido. También es porque reducir la emergencia sanitaria a que no sabíamos lo felices que éramos antes de que se iniciara es como la nueva versión del “No sabemos lo que tenemos hasta que lo perdemos”: probablemente una de las frases más absurdas ascendidas a verdades del oráculo a lo largo del imparable proceso de idiotización social que llamamos Historia. Obvio que no sabemos lo que tenemos hasta que lo perdemos, porque es imposible apreciar algo que se tiene de la misma manera que algo que no se tiene. Simplemente no-se-puede. Fin.

Por otro lado, Qué felices éramos y no lo sabíamos también es el equivalente en la pandemia al No somos nadie y Dios siempre se lleva a los mejores de los velatorios pasados de moda. Ese tipo de frases que se utilizan para flagelarse por no haber aprovechado el tiempo, por no haber sido agradecidos, por no haber sido lo suficientemente sabios como para prever que perderíamos la felicidad a través de, en este caso, una pandemia.

Examinar el pasado con los ojos del presente no solo es necesario, sino inevitable. Sin embargo, juzgar el pasado con los ojos del presente es uno de los errores más estúpidos que se pueden cometer al pensar, tanto si la sentencia te deja por encima de tu pasado como si te deja por debajo. Mejor vuelve al presente y, si puedes, entérate de tu “felicidad” de ahora. Al fin y al cabo, la de antes no va a volver.

2 La reticencia a desconfinarse se debe al miedo al virus

Será en tu caso. En el de muchas otras personas la reticencia a desconfinarse se debe a su deseo de preservar las ventajas obtenidas durante el confinamiento en lugar de volver a las desventajas con las que vivían antes de iniciarlo.

El pasado 2 de junio, el escritor Isaac Rosa publicó en Eldiario.es una elocuente columna titulada No tienes ‘síndome de la cabaña’, es que no quieres volver a la vida de mierda. ¿Decepcionado? Suele ocurrir cuando te explican las cosas sin mentirte.

En la mencionada columna, Rosa hablaba precisamente de que no hay que tirar de excusas baratas o eufemismos para expresar con palabras nuestra verdad: no queremos salir de casa por el deseo de mantener las ventajas -pocas o muchas- que la emergencia sanitaria nos ha proporcionado en cuanto a nuestras rutinas cotidianas, mediatizadas principalmente por nuestra manera de trabajar antes y durante el confinamiento.

Puede que tú tengas miedo a enfermar si regresas a tu dinámica laboral de antes, pero no pienses que esa es la razón más frecuente para el resto de personas. En realidad es como si nos estuviéramos dando cuenta de que lo que nos da miedo no es encontrarnos con el virus de ahora, sino reencontrarnos con el virus de antes.

3 Con el confinamiento me he dado cuenta del ritmo frenético que llevaba

Bienvenidos sean la lucidez y el despertar de la conciencia. Bienvenido sea dejar atrás la negación, la ingenuidad y el entumecimiento. Bienvenidos sean aterrizar, abrir los ojos y ver la realidad sin pringarla con capas de azúcar para engañabobos.

Pero habla por ti, mientras te levantas y te sacudes el polvo tras haberte caído del caballo, podrían decir muchas personas: yo ya era plenamente consciente de lo mal que vivía antes de marzo de 2020, del ritmo frenético que llevaba, de la falta de calidad de vida que me daba mi organización hiperexigente del tiempo y del trabajo. El confinamiento solo ha puesto más de manifiesto, si cabe, ese estilo de vida imposible y para el que la emergencia sanitaria ha supuesto una tregua, un experimento y, más que una demostración, una confirmación por contraste.

4 Apreciamos la apertura, la flexibilidad, la improvisación

En situaciones como la actual, muchas personas se esfuerzan por verle el lado bueno a la nueva organización del ocio y los planes más o menos complejos (léase, las vacaciones) a la que nos obliga la emergencia sanitaria. Ocurre porque, al fin y al cabo, no queda otra que adaptarse a las circunstancias para que el show continúe con la mejor actitud por parte de todos.

De este modo, ahora que no sabemos si nuestro vuelo será cancelado, ni si nos devolverán el importe de las cancelaciones al que tenemos derecho, si al llegar a un hotel nos ordenarán que volvamos por donde hemos venido porque hay un positivo o, peor aún, si nos confinarán allí durante varias semanas porque hay un positivo; ahora que no sabemos si el país al que queremos viajar tendrá abiertas las fronteras con el nuestro, o sabemos que allí donde queremos ir no podemos ir; ahora que hay que armarse de valor para organizar un viaje y hacer unas cuantas reservas… Ahora, en fin, muchos le ven el punto positivo a esta nueva dictadura del aquí y ahora en cuanto a la programación.

“Qué bonito ahora estar abierto a lo inesperado, ¿verdad? Qué gran aprendizaje: ser más flexibles a la hora de materializar nuestros deseos. Abrazar el cambio, saborear el romanticismo de decidirlo todo en el último minuto y acoger la aventura. Aprovechar esta maravillosa oportunidad para aprender que nos brinda el fin del mundo y así funcionar de una manera más espontánea, como más orgánica…”.

Añoro la seguridad y previsibilidad. Eso hacía que los viajes fueran agradables, no la improvisación

Si eso te ayuda y lo estás disfrutando, ¡tienes mucha suerte! Pero habla por ti mientras abrazas el caos. Porque yo no le veo ninguna ventaja a la incertidumbre, ni a la improvisación, ni al riesgo, ni a la frustración, ni a nada que se le parezca. Yo añoro la seguridad, la comodidad, la capacidad para programar, la solidez de los preparativos, la previsibilidad en el cumplimiento de mis deseos a lo largo del calendario.

Evidentemente, antes de la pandemia existían las cancelaciones, los cambios de planes, los planes de última hora, las causas mayores que te arruinaban unas vacaciones. Pero eran excepciones. Vivíamos en una estructura de previsibilidad que hacía que viajar (o preparar un viaje, más bien) fuera agradable, no al contrario. Ahora me adapto a lo que hay, qué remedio, pero no veo la oportunidad para nada bueno en esta nueva y obligada manera de funcionar.

Dicho esto, tanto si te identificas con estas frases como si juegas en el equipo contrario lo cierto es que estamos todos en el mismo partido (y no parece que solo por irte al estadio de al lado vayas a poder jugar a algo diferente). Existen tantas maneras de evaluar la emergencia sanitaria y sus coletazos como personas la estamos sufriendo y todas son válidas si lo son para quien las expresa. El problema llega cuando nos abandonamos al lugar común y confundimos el punto hasta el cual nuestra experiencia es compartida. Podemos estar en un grave error.

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